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"Sólo unos minutos", "Enseguida subo" o el familiar "¡voy, voy!" del que nunca viene. Y eso porque, en cuestión de unos meses, me había convertido en la esposa de un inventor. O lo que sea que mi marido estaba haciendo allí abajo. Arturo, mi marido, era un hombre de lo más normal. Es ingeniero. Trabajaba en una multinacional y nos iba muy bien. Su sueldo era muy bueno y decidimos que yo dejara de trabajar para que pudiera terminar la carrera de publicista que había dejado a medias. Era algo que siempre había quedado pendiente en mi vida, unos estudios truncados por la muerte de mi padre que me obligaron a dejar la carrera y ponerme a trabajar. Y después de casarnos, como las cosas iban bien y no necesitábamos dos sueldos, yo podía volver a retomar la carrera y terminarla. Así me convertí en ama de casa por un lado y en estudiante universitaria por el otro. Las cosas fueron bien durante varios años. Terminé la carrera y a los pocos meses encontré trabajo en una empresa de publicidad. No iba a comenzar por lo más alto, pero el trabajo era atrayente y exactamente lo que yo buscaba. Todo iba viento en popa hasta que la empresa donde Arturo trabajaba se fue al agua y con ella también muchos sueños que habíamos forjado. Tuvimos que dejar el chalet adosado que habíamos comprado unos años atrás, y que estábamos pagando religiosamente todos los meses. Pero tuvimos que venderlo, dejar aquella vida más desahogada y llena de promesas, y adaptarnos a un ritmo más calmado y con sueños menos ambiciosos. No me importó en lo más mínimo. Con mi sueldo - y con el desempleo de Arturo - podíamos ir tirando una temporada hasta que él encontrara otro trabajo. Mi tía abuela, por parte materna, tenía una casita algo desvencijada en un pueblo muy cercano a la capital y nos la alquiló con la promesa de que nosotros la cuidaríamos y la reformaríamos. Reformarla resultaría algo costoso, pero como ya vendrían tiempos mejores, decidimos que le "lavaríamos la cara", con pintura, limpieza y una buena decoración y, cuando tuviéramos la posibilidad, haríamos reparaciones más costosas que tampoco eran inminentes ni primordiales. No sé qué tripa se le rompió a Arturo, pero las cosas cambiaron muy radicalmente desde el momento en el que abandonamos nuestro chalecito y nos mudamos a la casona. Aún no estaba todo listo cuando nos mudamos, pero lo suficiente para vivir. Habíamos acondicionado las partes de la casa que más necesitábamos y el resto que quedaba por arreglar ya lo iríamos haciendo poco a poco. Pero a Arturo se le metió no-sé-qué idea en la cabeza y comenzó a trabajar en el sótano como un poseso. Pasaba más horas en aquel oscuro agujero que en el comedor, la habitación o la sala de estar. Él, que durante los dos primeros meses de desempleo, había acaparado la televisión a todas horas, tragándose hasta los programas más infames, dejó de hacerlo para dedicarse en cuerpo y alma a un proyecto que llevaba completamente en secreto.