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Ya no era el Arturo con el que me había casado y con quien había compartido cinco felices años de matrimonio. El antiguo Arturo era cariñoso, detallista. Aquel nuevo Arturo parecía el inventor chiflado de alguna novela de ciencia-ficción, de esas novelas que tanto le habían interesado en el pasado y que ahora languidecían en la estantería del estudio. ¡Qué hubiera dado yo por volver a verle sentado en su butacón preferido, inmerso en la lectura de una de sus novelas! Como antaño, cuando nos sentábamos en la salita y, mientras yo veía alguna película, él leía sin parar. También le echaba de menos en la cama. Cuando yo me iba a dormir, él seguía trabajando en su secreto proyecto. Nunca estaba durmiendo cuando yo me levantaba y, algunas veces, era muy fácil adivinar que no había siquiera dormido en la misma cama que yo. ¿Cuándo dormía?. Imaginé que quizá se acostaba bien entrada la mañana, dormía unas pocas horas y luego volvía a su trabajo misterioso hasta que el sol volvía a lucir alto en el cielo. Ciertamente todo lo que yo tenía eran indicios, hipótesis y suposiciones. Porque a Arturo prácticamente le dejé de ver y sólo los platos sucios, la cama algo más arrugada de lo normal o una lata de cerveza vacía en la basura me decían que él comía, dormía o bebía. La situación se hizo insostenible y pensé incluso en la separación. No quería seguir así. Yo quería tener a mi marido, quería hablar con él, reír con él, discutir con él, dormir con él. Acurrucarme entre sus brazos por las noches, como antaño. Que me hiciera el amor al menos una o dos veces por semana. Salir juntos a tomar una copa el sábado por la noche o proyectar una excursión para un fin de semana, o para un domingo. Quería tener una vida normal otra vez. Mi trabajo también padeció las consecuencias de mi cada vez más patente mal humor. Me sentía huraña, malhumorada, sola, aburrida. Y la publicidad necesita gente dinámica, con ideas, con ganas de comerse el mundo. Todo eso lo tenía y, con la tensión y la desilusión que se me comían por momentos, lo iba perdiendo poco a poco. Me costaba concentrarme en lo que hacía y las ideas ya no fluían como antes. Mi jefe se percató de mi paulatino cambio de humor. Es un hombre comprensivo, que se preocupa de su equipo de trabajo. Un día me pidió que salieramos a tomar una copa y aprovechó la ocasión para hablar conmigo con total confianza.