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Mi marido infiel (II)

Por Elipar (Grandes Series) 6436 lecuras

Aturdida, recogí la mesa y me marché. Ya en el coche, me pellizqué para comprobar que no era un mal sueño. No podía creer lo que me estaba pasando. Mi marido había sido infiel, el chaval del garaje casi me descubre masturbándome, mi jefa, así me pareció, estaba especialmente sensible conmigo. “Esto no me puede estar pasando a mí” pensé. Y todo en un mismo día. Decidí regresar a casa. Juan seguía prácticamente igual que lo dejé, tumbado en el sillón, con los pies sobre la mesa. Entré, arrojé el bolso junto a él y, sin decir nada, me fui a darme otra ducha, lo necesitaba.

- Eli… ¿me puedes explicar qué pasa? ¿Porqué as salido antes de trabajar? - gritó Juan desde el salón.

Desnudándome, noté que mis bragas seguían húmedas, las arrojé al suelo y metiéndome en la bañera, le grité:

- Me he despedido, no vuelvo a ese trabajo - mentí.

Repasando los acontecimientos, abrí el grifo y me dispuse a relajarme, sentada en la bañera, noté como el agua acariciaba mi piel, cómo iba cubriendo mi cuerpo. Eché sales minerales con diferentes aromas sobre el agua. Noté mis pezones en completa erección. Los rocé con la punta de mis dedos, cerré los ojos. Sumergí una de mis manos, en busca de mi clítoris, que estaba hinchado, acariciándolo suavemente. Nunca me había masturbado. ¡Qué sensación tan extraña!, Me sentía deseada, sin saber por quién, pero deseada. Cogí el grifo de la ducha, lo acaricié, como si de un pene se tratara, me lo introduje en mi vagina, despacio, muy despacio. Gimiendo muy bajo, recordé a Alicia, uufff… su pecho contra el mío, bebiendo mis lágrimas. Por fin el orgasmo. Entre jadeos, sentí abrirse la puerta. Era Juan que, ante la tardanza, quiso interesarse por lo que ocurría. Estaba allí, de pie, con el torso descubierto y su pantaloncillo corto. Mirada extraña, como esperando una reprimenda. Saqué el grifo de entre mis piernas, sumergido bajo el agua y la espuma. Dejé vaciar la bañera, me levanté, ignorándolo, sequé mi cuerpo. Me agaché, cogí las bragas del suelo y, sin apenas mirarlo, se las lancé a la cara diciéndole:

- ¡Huéleme! Y si gustas, tengo más…si puedes pagarlo - le dije con voz sensual y mostrándole mi vagina, aún semiabierta por lo que acababa de ocurrir - ¿Ves lo mojaditas que están?, Así las ha puesto el primer cliente de mi nuevo trabajo. Mira como me ha dejado el coño - lo abrí, sin pudor, enseñándole el color rojo que había adquirido tras la masturbación.

- Puta - gritó, dándome una bofetada - ahora comprendo porqué nunca estabas para mí. ¿Sabes lo cruel que resulta tu comportamiento?.

Salió enfurecido y sentenció “Espero que tengas la vergüenza de no volver a mirarme a la cara”. Caí sobre la pared y me deslicé, despacio, hasta quedar sentada sobre el frío suelo, los codos apoyados sobre mis rodillas flexionadas, mis manos ocultando mi cara, llorando. Así recordé, en un segundo, treinta años junto a Juan, el hombre que me lo dio todo. Justo ahora me di cuenta de lo que estaba a punto de perder. Justo ahora comprendía que fui yo quien falló. Sonaba el ruido del abrir y cerrar cajones, sus pisadas por la habitación, sentía que estaba furioso. Quise llamarlo, mi voz se ahogaba en cada intento. Sollozando, apoyé la cabeza en el borde de la bañera y cerré los ojos. Pasado un largo rato, entró y, con voz pausada, me dijo:

- Elisa, me marcho, quédate con todo, cuando tengas el trámite de divorcio preparado, mándame un mensaje, vuelvo a firmar los documentos y… te dejo en paz. Perdona la bofetada, estaba fuera de mis sentidos. Adiós.

Levanté la cara, avergonzada, me sentía sucia, a pesar de saber que el único hombre que me tocó fue Juan. Con voz casi inaudible pregunté:

- ¿Elisa?

Quise morir, ya no era Eli, ni “mi amor”, ni “cariño”, era Elisa, simplemente.

Salí del baño para verlo atravesar el salón, con la bolsa de viaje en mano, ya junto a la puerta, volvió sobre sus pasos, levantó la mirada, me miró con unos ojos que jamás vi en él, dejó las llaves sobre la mesa y se marchó.

- Te quiero - me atreví a gritar, entre llantos.

Me senté en el sofá, cogí sus llaves y las abracé sobre mi pecho aun desnudo. Llorando, entré en un profundo sueño.

El frío de la madrugada me despertó del sueño. Miré alrededor, me vi desnuda y comprendí. Estaba sola. Entré en el dormitorio, nunca lo creí tan grande, tan frío. Extraño. No pude dormir de nuevo.

Los días pasaban sin saber de él. Quise llamarlo, pero no podía. La vergüenza me lo impedía. Sumida en la tristeza, me fue abandonando las ganas de cuidarme, de comer, de trabajar. La vida comenzaba a ser un suplicio. Después de tres meses, Alicia me llamó a su despacho para comunicarme que si no cambiaba mi actitud, se vería obligada a relevarme en mi puesto, sabía que eso suponía un descenso en mis ingresos o incluso el despido. Le dije que me parecía justo, que ya no podía desempeñar mi labor como hasta ahora. Si tenía que descenderme en las funciones, lo hiciera ya, porque sabía que los problemas que me acechaban no me permitirían estar con los cinco sentidos en mi labor. Le pedí adelantar mis vacaciones para poder ordenar mis pensamientos y después, a mi vuelta, sabría decirle si puedo seguir o que tomara la determinación oportuna.

- Consultaré en el departamento de personal y luego te aviso.

- Gracias, Alicia.

En quince minutos me volvió a llamar para decirme que no había ningún problema para disfrutar de mis vacaciones a partir del día siguiente.

Cuando llegué a casa, llamé a Juan. Buzón de voz. Supe que pidió un periodo de excedencia en la empresa y se marchó. Nada sabía de su situación. Si estaba bien. Si estaba afincado en algún lugar o iba itinerando. Si necesitaba dinero, ya que no había dispuesto ni una sola vez de los ahorros comunes. Estaba desesperada, arrepentida del teatro que monté, sin pensar en las consecuencias. Lo echaba de menos. El sábado, temprano, me encontraba aun en la cama cuando sonó el teléfono. Sobresaltada, corrí al salón, esperanzada en oír su voz. Era Alicia, que tenía intención de invitarme a comer y así poder hablar un rato. Acepté y quedamos en vernos al mediodía en un restaurante del centro.

- Ponte guapa, nos vemos luego - me dijo a modo de despedida.

- Así lo haré, gracias.

Por primera vez desde aquél fatídico día volví a sentir cosquillas en mis entrañas. Comencé a prepararme para mi encuentro con Alicia. Cierta inquietud me invadía. Parecía una adolescente ante su primera cita. Me tranquilizaba pensando que era simplemente una compañera de trabajo interesada en mis problemas. Alicia nunca dio motivos para pensar otras cosas, pero no me abandonaba su voz diciendo “… a tu lado… ya sabes, para lo que necesites”, y sus manos sobre mi cintura. Una falda de tela roja, una camisa blanca, holgada, aunque dejaba ver algo del escote y el comienzo de mis pechos y una chaqueta corta era mi atuendo para la jornada. No fui capaz de ponerme el conjunto sexy que Juan me regaló. Lo tuve en las manos y lo devolví al cajón, decidiéndome por unas bragas blancas, aunque con transparencias, así como el sujetador que dejaban ver mis pezones a través de la fina tela. Con la camisa y la chaqueta, no se notaría en una simple mirada.

Eran la una y treinta cuando entré en el restaurante, exquisitamente decorado y con ambiente tranquilo, con estilo. Me recibió un chaval joven a quien pedí mesa para dos, me invitó a esperar en la barra mientras consultaba al maitre. Pedí una cerveza mientras esperaba. En dos minutos la vi aparecer, nos besamos en las mejillas, pidió otra cerveza y se sentó en un banco junto al mío. Comenzamos a comentar lo guapa que nos veíamos y el buen tiempo que hacía, o sea, los clásicos comentarios en estos casos. Nos interrumpió el camarero para indicarnos la mesa que había preparado para nosotros. Situada en un rincón del local, junto a una ventana de madera, desde donde se podía ver el parque, repleto a esa hora de familias paseando, niños jugando y ancianos sentados en los bancos, metidos en conversación. Pedimos entremeses, chuletas de buey, ensalada tropical y vino, “El mejor reserva”, indicó Alicia. El almuerzo transcurrió entre sorbos de vino y miradas que intentaban encontrar el momento de iniciar la conversación que las dos sabíamos eran el motivo de nuestra cita.

- Otro vino, por favor - reclamó Alicia, entornando los ojos, lo que le hacían adoptar un gesto pícaro, unido a la sonrisa que me lanzó. Me estremecí.

- Disculpa, Alicia, necesito ir al servicio - dije, después de mirar largo rato sus pezones que se marcaban provocadores.

- Aquí estaré esperando - dijo, bajando el tono e inclinando su torso hacia mí, como si quisiera decirme algo al oído, un secreto. Me fijé nuevamente en su escote, generoso, que me recordaron su gesto con mis lágrimas. Seguro era producto de mi imaginación, pero si su interés estaba en provocarme, lo consiguió. No había duda. Entré al servicio, subí la falda, bajé las braguitas, que al sentirlas mojadas me hicieron subir colores a mis mejillas. Nuevamente me invadía esa extraña sensación. Oriné. Corté una porción de papel y me limpié. Ufff … suspiré profundamente. Mis dedos comenzaron a rozar los pliegues de mi sexo. Era incapaz de pararlos, no respondían a mis órdenes. Quizás no di orden alguna. No sé, siquiera, si realmente sucedió, pero estaba muy húmeda cuando mi dedo índice entraba y salía, mientras acariciaba mis pechos con la mano libre de líquidos. Me descubrí jadeando y, avergonzada de que alguien me pudiera escuchar, acallé mis gemidos llenando mi boca con jugos gelatinosos que salieron de mi vulva. Cercana al orgasmo, oí la puerta abrirse y paralicé mis movimientos. Me arreglé las ropas y salí del habitáculo, saludando a la joven que se retocaba el maquillaje frente al espejo. Miré sus nalgas, en las que se marcaban un minúsculo tanga y, suspirando levemente, salí para encontrarme de nuevo con el motivo de mi locura.

Alicia me esperaba con una copa de vino en cada mano, ofreciéndome una de ellas.

- Por ti - dije, algo nerviosa.

- Por nosotras - hizo un gesto con los labios que me pareció un beso. Sensual.

Terminamos la comida. Tras el postre, la consiguiente invitación.

- Pacharán para mí, gracias - aceptó Alicia.

- Licor de cereza, para mí.

Alicia extendió sus manos hasta alcanzar las mías, que apretó, mirándome fijamente a los ojos. Delicadeza. Escalofríos.

- Y bien, Elisa, ¿te apetece contarme algo?. Igual te reconforta confiarte a una amiga, ¿No crees?. A veces, compartir un problema ayuda a soportar el peso de frustraciones. Entiendo que no tengas ánimo de recordar malos momentos con tu pareja. Porque Juan tiene algo que ver en esto, ¿Verdad?.

- Todo - dije, bajando la mirada. Brotaron lágrimas de mis ojos.

Alicia cogió mis manos con su izquierda y la derecha la posó en mi barbilla, levantando mi cara, despacio. Mirándome a los ojos, con cara de bondad, me susurró:

- Anda, arréglate esa carita y vamos a pasear, al cine o a donde tú quieras, corazón.

Comentarios a: elipar8@hotmail.com

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