No dejaba de sorprenderme la racha de calentura que me había tomado de improviso desde hace unas semanas. Cuando empezó, por supuesto lo tomé en buena, total era un entretenido estado y una buena ocasión para hacer feliz a mí marido, que siempre buscaba un poquito más de placer entre las sábanas de ese veranito que se metía de lleno por las ventanas.
A los pocos días de continuado deseo, ya me empezaba a apabullar, nadie podía estar moviéndose por el mundo como lo hacía yo, deseosa de que cada vez que me agachaba, alguien me tomara por atrás y me calmara esas ganas insoportables. Hasta busqué en san google para ver si encontraba algún extraño desorden hormonal, metabólico o lo que fuese, para justificar mi acalorada dolencia. El resultado de mí búsqueda fue bastante extenso, pero sólo me llevaba de página en página porno y, claro por mi delicado estado hormonal o corporal, decidí abandonarla, pues en lugar de lograr comprenderme, “aquello” se acentuaba cada vez más.
Día tras día llegaba a la casa, ansiosa de meterme a la cama y disfrutar de un poco de sosiego para mi caliente desvarío. Marido, sonreía de oreja a oreja durante los primeros atisbos de mi extraña locura, se dejaba llevar, me seguía el juego y me tranquilizaba un rato, claro que me empezó a mirar con cierta extrañeza cuando insistía tanto en continuar y en incorporar cada vez más, hasta ahora inusuales, posiciones y otras ayudas.
Hace tiempo, cuando estuve sola, por una brutal pelea y discusión que nos mantuvo separados un tiempo, me había aficionado a ir de shopping a los sexshop, lugar en el que me había comprado algunos juguetes con el propósito de no depender de relaciones reales, fugaces y que a la larga no llevarían a ningún lado. Cuando por fin volvimos a unirnos nuevamente en la misma cama, rápidamente incorporamos algunos de los juguetes a nuestra relación, con especial predilección por el vibrador de 3 velocidades recubierto por un látex de ultra hiper duración.
Bueno, la explicación anterior sólo se justifica para comprender que mi estado actual, siempre ha existido ha estado latente, de una manera u otra. Claro que con una diferente intensidad, que afortunadamente nunca había sido tan agobiante como ahora.
Mi extenuado marido, después de tratar de suplir mis amatorias necesidades, se dormía profundamente a mi lado, mientras el animal que me corroe las entrañas esperaba agazapado para volverme a atacar. Al principio lo despertaba e insistía en seguir, lo engatusaba, lo atrincaba, agarrando su sexo tibio y dormido para engullirlo con el propósito de despertarlo, eso funcionó con éxito un par de veces, pero el pobre hombre también trabajaba todo el día y empezó a negarme mi sabroso premio de media noche.
A veces me tocaba un poco por debajo de la sábana, metiendo mi mano húmeda debajo de la camisola de satín para tratar de calmar ese fragor interno. Pero, esa solución me causaba algo de vergüenza, cómo justificar tamaña escena frente al marido que yacía extenuado a mí lado, sin crear una atmósfera de inseguridad en él mismo y en nuestra relación. Era difícil, no moverme y no tocarme me costaba un esfuerzo sobrehumano, traté de utilizar una solución que aparece en un libro de Vargas Llosa, en la que Varguitas, para apaciguar su erecto miembro, trata de pensar en círculos, cuadrados o cualquier figura geométrica que lo volviera a la razón. Entonces, también yo empecé a aficionarme a las figuras geométricas que se pasaban por mi mente, pensé en cuando cubo, cuadrado o triángulo podía existir, la razón, como que empezaba a dominar durante un breve lapso de tiempo la a esta altura, pornográfica imaginación que tenía, pero zás… volvían a empezar ese cosquilleo al interior de mi vagina y los triángulos ya no eran figuras geométricas, sino oscuras posibilidades de encuentros sexuales, los cuadrados eran suaves y empezaban a tener sábanas y cualquier línea suelta que había quedado en mi “receta para no calentarse” se volvía en un exquisito falo al que yo perseguía.
Como eso de pensar en geométrico no resultaba y los movimientos no eran del todo halagadores para mi pareja, decidí que tendría que buscar sola la solución y en otra parte, así que de noche, después de que mi cansado compañero se dormía, me paraba despacito, sin hacer ruido y tomaba mi vibrador para que me hiciera compañía. En punta de pies me encaminaba al baño (que afortunadamente era grande y limpiecito) y con la luz prendida buscaba la mejor ubicación para masturbarme.
Mis experiencias masturbatorias, aún hoy me inquietan un poco, no por vergüenza al tema, sino más bien por el grato placer logrado con el juguete. Me desnudaba frente al espejo, me acariciaba los senos que estaban duros y con mis grandes pezones erectos. Me los pellizcaba, al principio suavemente y después con mayor intensidad y cuando ya estaba mojada, encendía el vibrador en la primera velocidad y lo metía suavecito por entre los rosados labios de mi vagina… al ratito, me sentaba en el suelo, con el vibrador aún dentro de mí y me tocaba los pechos con una de las manos, mientras sacaba y metía el falo que tenía en mi mano. Cada vez me excitaba más al verlo salir mojado, chorreando completo y cada vez, mi sexo trataba de tragárselo más y más. Entonces ya le subía la velocidad y la segunda, nunca era suficiente para calmarme, así que pasaba a la tercera velocidad que era deliciosamente satisfactoria y me subía sobre el vibrador como en un extraño transe que me hacía estremecer completa, lo metía y lo sacaba sin tegua mientras sentía el orgasmo que se venía en oleadas, sin dejarse sentir por completo, hasta que en un último esfuerzo, lograba ya metiendo uno de mis dedos en mi ano, sentir esas vibraciones por todas partes y me lo tragaba hasta lo más profundo del deseo, mientras todos los músculos de mi vagina lo atrapaban como para no dejarlo salir y me salía un gemido ahogado entre los labios cerrados por la clandestinidad de mi acto.
Aún hoy, sigo con esa racha de calentura y sigo agotando a mi marido, que afortunadamente está muy feliz y satisfecho. Y yo sigo masturbándome con frecuencia, en cuanto él cae dormido y exhausto. Lo que sí ha sido novedoso es que ahora empecé a escribir y por supuesto, siempre traigo a mi vibrador en la cartera.