Un cepillo es un cepillo, pero los hay que sirven para barrer el polvo o para cepillarse la americana, y también hay cepillos de iglesia, de los que tienes que meter monedas en la ranura. Y luego están los cepillos de verdad, ¿O de donde te crees tú que ha salido aquello de cepillarse a una tía? Pues claro, colega, porque las tías tienen todas su cepillo, como los de las iglesias, con ranura y todo, sólo que en vez de echar monedas les tienes que meter otra cosa.
Ahora precisamente estoy enfrente de un cepillo espectacular, de esos en los que cabe de todo. En esta playa hay otras cosas: un par de maripilis, de esas que te la cogen con dos dedos, como si les diera un poco de repelús; y que están bien para cuando vas de fino y te gusta que te la trabajen con sensibilidad, como si fuese un barquillo que se puede romper si aprietas demasiado. Aunque luego estas maripilis, en cuanto toman confianza se meten el barquillo en la boca y lo chupan con las mismas ganas que si fuera un polo de chocolate. Pero el cepillo de esta tía no tiene nada que ver con el de una maripili, es más bien un coño de tía buena, para no andarnos por las ramas. Uno de esos cepillos que no se llenan con una polla cualquiera. A los lados tiene unas caderas tamaño baño, y dos palmos más arriba lo que se dice un par de tetas; o sea, una tía de las que te corres con sólo echarlas un primer vistazo. Así que nada más verla se me puso tan tiesa como si me la hubiesen escayolado. Y la punta del capullo empezó a hacerme cosquillas en el pecho. Sin exagerar ni un pelo, porque yo con estas cosas no exagero, tío.
Un buen cepillo es un buen cepillo y un buen empalme es algo más que una picha caliente. Porque, como dice el refrán: “Lo que interesa es tenerla siempre tiesa”.
Yo a veces cuando no pienso en tías pienso en el mar, en el agua a lo bestia, toda azul o toda verde, y yo dentro, que es lo mismo que follar pero al revés, porque cuando tú estás sumergido en el agua es el mar el que te folla a ti. Por todas partes, desde la punta del pie hasta el último pelo de la cabeza, pasando por todo lo demás, que no os lo voy a contar porque sería un coñazo describiros mi cuerpo centímetro a centímetro. Y más en estos momentos en que el agua salada me lo está lamiendo todo y yo estoy en un estado semicataléptico y tengo el centollo incapaz de coordinar nada. Pero creo que os habéis hecho una idea de lo que siento yo con el mar y con las tías. Y seguro que podéis entender que cuando veo una tía buena de verdad, enseguida pienso en el mar, y viceversa. Y ya os habréis dado cuenta de que cuando digo que estoy viendo una tía en una playa, no es más que un decir, una metáfora, pura literatura. Porque si yo estuviese viendo ahora una tía buena de verdad en una playa de verdad, tendría un orgasmo de tal intensidad que me estaría corriendo una semana seguida. O sea, que por lo que pueda pasar, yo no voy al mar más que en invierno, que es cuando no hay tías en la playa. Y la elementa de la que os estoy hablando, la del cepillo tamaño king size, la del chocho atómico, para entendernos, la chupapollas de las caderas salvajes y el par de sabrinas, está sentada frente a mí en una terraza de Madrid, justo a la altura de la Ciudad de los Periodistas, cerca de La Vaguada, en pleno centro de una calle que se llama -aunque suene a coña- Carretera de la Playa.
Naturalmente, no sólo no me acerco a la chocholoco de la playa, sino que ni siquiera me atrevo a mirarle directamente al parrús que renegrea debajo de sus bragas rosas. Yo sigo disimulando como si estuviera interesado de verdad en las gilipolleces que dice el periódico, mientras me bebo el segundo Ginger Ale. “Satélites a la deriva. Grandes atascos a 900 kilómetros de altura”. “Michael Jackson, ¿androide pederasta o niño juguetón?”. “Detenidos once africanos, mientras se peleaban en túnel por un cargamento de chocolate”. “La maté porque era mía y ahora me ve y no me habla”. ¡Tócate los cojones¡ Mira que inventan historias los putos periodistas. Si no fuera porque leer el periódico me pone de muy mala leche y la mala leche me baja la tensión del pito, se me habría salido ya la punta del lapicero por el cuello del Lacoste. Porque la muy puta se ha dado cuenta de que me la estoy tirando con los ojos y ha empezado a dar palmas con los labios del chumino, abriendo y cerrando las piernas lo que da de sí el ancho de la minifalda, cruzando y descruzando los muslos, acariciándose el clítoris con la punta de mi mirada. Y me está poniendo a cien mil revoluciones por minuto.
Si me levanto ahora, toda la terraza va a pensar que estoy instalando una tienda de campaña en medio de la acera. Así que lo mejor es llamar al camarero y darle un par de euros para que me traiga un vaso lleno de cubos de hielo, un boli y una servilleta. Con el boli y la servilleta me escribo un mensaje sencillo y directo para la titi y, mientras se lo lee y me dice algo, me echo un par de cubitos por el cuello del Lacoste, directamente a la punta del capullo para que vaya bajando la fiebre un poco, lo justo para no dar mucho el cante.
“Estimada Señorita: Ya se que Vd. y yo no nos conocemos de nada, pero tengo un pichón de 32 centímetros con un pedigrí de la hostia, que haría una pareja perfecta con el conejazo que tiene Vd. entre las piernas. ¿Por qué no los metemos en la misma jaula?” No, no queda muy fino y además suena como antiguo. Hay que poner algo más moderno. ¿Qué pondría un tío como el conde Lequio, por ejemplo? “Joven, si me mira bien va a ver que tengo un negocio entre las manos muy gordo y muy interesante. ¿Le interesa participar? Le aseguro que si sale bien va a chupar Vd. un rato de él” Más fino sí que queda, pero a lo mejor no están suficientemente claras mis intenciones, así que lo mejor es no andarse con rodeos. “¿Follamos?”.
Claro que follamos. ¡Y cómo! Yo no había visto una tía con tantas ganas en mi vida. En cuanto entramos en la habitación del Meliá Castilla ya le vinieron los primeros orgasmos. Se corría con mirarme. Y en cuanto me quité la ropa, la fanática se agarró al mástil como si estuviera en medio de una tormenta en pleno Atlántico. Yo aguantaba como un hombre, pero creí que no iba a llegar nunca a metérsela como Dios manda, porque aquel cepillo estaba empeñado en sacarle lustre a todo mi cuerpo. ¡Unos restregones que eran demasiado! Por las rodillas, por el pecho, por el culo, por la cara… Y sin soltar el cirio ni un momento. Yo veía pasar aquel coño volador alrededor de mí, abriéndose y cerrándose, como diciendo “aquí te espero”, pero no había manera de pillarlo. Era como un molinillo de papel de los que giran alrededor de la punta de un lápiz, sólo que la punta de mi lápiz estaba a punto de quedarse sin mina.
Cuando dejó de girar y revolcarse, después de su quinto orgasmo, me permitió entrar a fondo en aquella gruta húmeda y humedecerla aún más con un chorrazo de los que pasan a la historia. Pero aquel putón no se conformaba con nada. Apenas me dejó dar tres o cuatro chupadas al Marlboro Ligth y enseguida se puso a chupar ella. Enganchó con ambas manos el micrófono de carne y se puso a dar un recital que no acabó hasta que se le encharcaron todas las cuerdas vocales.