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Ama de casa cachonda

Por AlejandraGarcia (Infidelidades) 15488 lecuras

Estaba ya preparando los platos de Duralex, las colchonetas de la playa, el paquete de pañales, los bañadores de los gemelos y, por supuesto, la batidora de Cola-Cao... Hacían falta mil detalles para irse de vacaciones al apartamento. Aunque, claro, para mí, lo de las vacaciones sería un decir ya que simplemente haría lo de siempre pero en condiciones más precarias: cuidar de tres críos durante la jornada y dar de cenar a mi marido por la noche. En un minúsculo apartamento, sin lavavajillas ni aire acondicionado... y, desde luego, sin pasión alguna. Eso, prensaba yo... hasta que sonó el teléfono y mi marido me comunicó que se llevaría los niños a pasar una semana con mi suegra. ¡Y que no hacía falta que yo viniera!.

Intenté ocultar mi alegría, hay ciertas reacciones que no deben transmitirse por teléfono, pero nada más colgar él, marqué el número de mi mejor amiga, Carola, una abogada soltera. Somos amigas desde la infancia y no pocas veces en mis 8 años de casada y madre he envidiado - un poco, sólo un poco - su vida, tan distinta a la mía. Carola es brillante, atractiva y con éxito, en el despacho y con los hombres. Además goza de una situación económica buena (claro, ella no paga ni papillas ni vacunas ni pañales) y muchas veces me decía que fuéramos juntas “a escaparnos”... “Tú necesitas una pausa, liberarte de tantas obligaciones y niños mocosos”, solía decirme. “Además, se te ve mustia, ¿te tiene Manolo a dieta en la cama o qué?” Así hablaba Carola, al pan, pan, y al vino, vino...

- ¡Vámonos! - exclamé, excitada, cuando oí su voz.

- ¡Vámonos a donde sea, pero vámonos! A partir del Lunes seré soltera por una semana.

En menos de media hora habíamos reservado un viaje para Ibiza. Una semanita en un hotel en primera línea del Mediterráneo, sin niños, sin obligaciones, sin platos por lavar... y sin marido... Llegamos el Lunes al mediodía y lo primero que hice era guardar el móvil que me había regalado Manolo -“para que puedas estar en contacto”- en un cajón. Ya se sabe, los móviles están fuera de cobertura de vez en cuando... Nuestra habitación era preciosa, grande, con una amplia terraza y cama doble. Carola, que nunca ha tenido pelos en la lengua, dijo:

- Genial, ¡si no ligamos podremos montárnoslo juntas!.

- Carola, no vengo a ligar.

- Vale, venimos a leer buenas novelas, nadar y ligar bronce. Pues yo si pienso ligar...

Reí, porque sabía que ella sabía que yo tampoco tendría nada en contra de un buen revolcón.

Por la noche cenamos en el puerto, juntas en una terraza de moda y luego, naturalmente, nos tomamos un par de copas para hacer tiempo hasta las discotecas. Pero no llegamos. En la mesa de al lado cenaban unos ejecutivos italianos, nos invitaron a otra copa, empezamos a charlar y... Los italianos vivían un hotel de Santa Eulalia y para no malgastar la noche cruzando la isla decidimos acercarnos al nuestro bajo el pretexto de tomar “la última”... Como es lógico la “última” sólo fue la penúltima y cuando apurábamos la última también apurábamos los últimos botones y hebillas que aprisionaban nuestros calientes y calurosos cuerpos. Los italianos parecían a punto de defender su fama de “machos latinos” y mientras Guiliano acariciaba cada centímetro de la fina piel de Carola, en la terraza, Mario y yo nos trasladamos a la ducha donde, bajo un chorro de agua tibia, él me proporcionó un memorable trabajo de bajos. Su lengua recorría cada pliegue, cada milímetro y cada secreto de mi ansioso coño hasta que yo gemía como una obsesa y me corrí de un modo salvaje, como hacía años que no lo hacía.

Luego, después de jugar un rato más bajo la agradable lluvia de la ducha y probar los mil pequeños placeres que se pueden alcanzar con los juegos acuáticos decidimos secarnos y envueltos en sendas toallas abrimos la puerta a la habitación y vimos a nuestros amigos todavía disfrutando de la cálida noche ibicenca y de un complicado sesenta y nueve en la terraza. Nosotros, pues, optamos por la convencional comodidad de la cama. Pero el polvo no fue nada convencional porque después de comerme su magnífica polla (de las largas y estrechas) procedió a hacerme un tratamiento “alterno” -un rato me embestía el chocho con fuerza y al otro me taladraba el ano con delicadeza (era virgen… por ahí…) y así una y otra vez hasta que nos corrímos los dos de un modo fantástico.

Así prosiguió la noche y, como es lógico y natural, tras una breve -demasiado breve- orgía amistosa, que incluyó un memorable momento de sandwich, cuando me encontré penetrada por los dos “latin lovers”, entre los cuatro, nuestros invitados desaparecieron de nuestras vidas ya que tenían que coger un vuelo temprano y antes debían pasar por su hotel. Al despertar, bien entrada la mañana, con el sol en alto y el móvil apagado en su cajón, nos levantamos sonrientes y durante el brunch bromeábamos de nuestra loca noche.

- Parecía como si fuera la última vez en tu vida que ibas a chupar una polla, con el hambre que tenías - reía Carola.

Por la tarde nos separamos para ir cada una a nuestra aire de compras por el casco viejo de Ibiza, pero cuando volví al hotel me llevé la sorpresa de encontrar la puerta de la habitación cerrada desde dentro y el letrero de “No Moleste” colgado del pomo. No pude reprimir una mueca de fastidio, pero resignada bajé, dejé mis bolsas de boutiques en la recepción y me dirigí al bar de la piscina donde pedí un daiquiri. Así estuve un rato, mirando como los niños jugaban en la piscina y hojeando una revista extranjera pero cuando más aburrida estaba pensando en lo que Carola estaría haciendo y preguntándome con quién oí una voz melódica que me decía “hola”. Levanté la vista y ví al joven botones del hotel.

- Hola -, respondí.

- ¿Señora Martínez? Tiene un fax - dijo, y me pasó un sobre con membrete del hotel.

Le dí las gracias, abrí el sobre para el leer el fax cuyo contenido ya me imaginaba. “Como no tienes cobertura, ¡Llámanos cuando puedas!”. Apuré la copa y me dirigí hacia recepción donde hice una breve llamada a casa de mis suegros, dejando un mensaje en el contestador para mi familia. Al colgar ví a mi lado el chico botones otra vez:

- ¿Puedo ayudarte en algo? - preguntó.

Me sorprendió lo familiar del trato pero era lo suficientemente guapo como para poderse merecer eso y mucho más. Alto, tostado por el sol, musculoso de llevar tantas maletas y con una sonrisa Profidén. Y joven, muy joven. No tendría más de 19. Le pedí por el camino de la peluquería porque puesta a matar el tiempo bien podría emplearla en hacerme una manicura. Juntos bajábamos las escaleras hacia las galerías subterráneas y pronto nos encontramos con un letrero escrito a mano, “Vuelvo en 15 minutos”, en la puerta de la peluquería.

- ¿Quiere que le enseñe las instalaciones del hotel? - se ofreció mi solícito acompañante.

Asentí. Total, la compañía era mejor que no pasar el rato a solas en el bar. Me enseñó la sala de juegos de mesa; la lavandería; la pista de frontón y la piscina cubierta, que evidentemente estaba cerrada por temporada.

- Incluso tenemos sauna - dijo el chaval, con un orgullo propio de propietario.

- ¡Justo lo que apetece en un día como hoy! - bromee, haciendo alusión a los treinta y tantos grados del exterior.

- Pues si te apetece te la enseño por dentro - replicó el chaval.

Luego no sé exactamente cómo fue, pero al cabo de muy poco rato tenía su cabeza entre mis desnudos muslos apoyados encima de uno de los frescos bancos de madera de la sauna y pronto, a la recíproca, le devolví el favor. Arrodillada sobre un banco liberé su joven capullo del tejano y me lo metí en la boca, donde palpitaba como un pajarito con miedo. Pero él no tenía ningún miedo, sus manos agarraban mis pechos con ganas y pronto, muy pronto, estuvimos los dos follando con un frenesí poco habitual en la silenciosa penumbra de la sauna. Su cuerpo era como me lo había imaginado: fibroso, apetecible, limpio e… ¡insaciable! No sé cuánto tiempo estuvimos así, cambiando de postura una y otra vez; saboreándonos mutuamente…Finalmente se corrió en mi cara y luego cayó, sonriente, a mi lado.

- ¿Sabes? Ha sido mi primera vez... - musitó.

Me quedé de piedra. ¡Había desvirgado al botones del hotel!. Le dije cuatro frases tontas, cualquiera, me vestí y salí apresuradamente hacia los ascensores, casi sin despedirme. Como era lógico, el resto del Martes ni Carola ni yo estábamos para juergas sino pedimos una cena al room service mientras nos contábamos nuestras respectivas aventurillas. Pero, ¡el Miércoles teníamos otras ganas de sol, vino y sexo!. Pero, de tantas ganas curiosamente no ligamos nada, ni por separado ni juntas. Acabamos bailando en Amnesia de madrugada y, aburridas, volvimos al hotel en un taxi conducido por un alemán bastante insolente. Y una vez en la habitación Carola dijo:

- Ya que estamos de vacaciones voy a tomarme otra copa. Me apetece estar tranquila un ratito…

Me uní a su idea y pronto estábamos las dos sentadas en la cama, leyendo “Cosmopolitan” entre las dos y riéndonos de todo; leyéndonos horóscopos en voz alta y cosas así, cosas de chicas. Luego apagamos la luz y nos dijimos buenas noches. Pero pronto noté como una mano acariciaba mi vientre, tentativa, y supe que sólo podía ser ella. No supe cómo reaccionar pero pronto espabilé y comencé a devolver sus caricias sin estar muy segura de por qué lo hacía, al fin y al cabo yo no soy lesbiana; sólo buscábamos sexo y amistad, las dos. Encontramos pues una cosa y consolidamos la otra en aquellas horas de madrugada del Jueves. Sus besos eran suaves y su piel tersa; sus dedos expertos; sus pezones sabían a frambuesa y su perfume parisino era seductor. Cuando me penetró con un pequeño vibrador -muy femenino- que guardaba en el cajón de su mesilla de noche, alcancé el climax total.

Fue pues, una semana memorable, porque después de aquella mañana de juegos lésbicos nos volvimos las dos todavía más desinhibidas y nuestros ligues fueron cada vez más locos. Cuando, por fin, estábamos aterrizando con el avión, Carola me preguntó:

- ¿Te hace ilusión volver a casa?.

- ¡Mucha! - le respondí. - Ver a todos, y contarles todos los detalles de nuestras vacaciones.

- ¿Todas? - preguntó con sorna.

- Todas las que se pueden contar. Las otras las conservo con la etiqueta de “¡Repetimos!”.

Desde ese año Carola y yo nos escapamos una semana cada mes de Agosto.

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