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Ojitos Verdes (III)

Por analbo (Grandes Series) 7007 lecuras

En el viaje de regreso, Ojitos Verdes se durmió recostada en el asiento trasero del vehículo. La camioneta se tambaleaba hacia sus costados. La ruta de tierra se hizo fatigosa por sus desniveles y lo poceada que se encontraba por las profundas huellas. Además del calor y la polvareda por lo seco de sus calles, hacían irrespirable su interior. Los dos hombres iban comentando que los sembradíos clamaban por una buena lluvia. De pronto sonó el celular de Alejandro:

- ¿Sí? ¡Oh, amor... estamos regresando! ¿Cómo? ¡Sí, mujer está bien, tengo que pasar por casa del compadre para bajar las cosas y dejarlo a él y la niña!... Está, Bien, nos encontramos allí... como lo dispongas. Nos vemos. - y cerró el celular.

- Es mi esposa, dice que está saliendo ya hacia tu casa para ayudar a tu mujer con los preparativos de la fiesta de mañana.

- ¡Siempre tan guapa y servicial, tu Mariana!

- Es que al no estar yo en la hacienda, se aburre. Seguro que ella llamó a mi comadre para tener una excusa y salir a despejarse.

- Se llevan muy bien ambas mujeres.

- ¡Creo que demasiado bien!.

- ¡Epa!... - levanto la voz Rodrigo.

- Y, claro, hombre, si apenas abro la boca para decir algo de tu esposa, ya esta la mía, diciendo “¡Cuidado con lo que vas a decir de Amalita!” - y soltaron una carcajada.

- Yo pagaría por saber de qué hablan cuando no estamos nosotros.

- ¡Cosas de mujeres!, Aparte de todo, tienen casi la misma edad, Amalia me lleva 3 años, es mayor que yo y tu Mariana no creo que llegue a los 40.

- ¡Qué sutileza para averiguar la edad de una mujer, Rodrigo. - hizo una pausa - Ella es demasiado joven para mí. Soy mayor, quince años mayor que ella. Tenía quince años cuando nos casamos, bueno, es un decir. Cuando la traje a la estancia, a vivir conmigo con sus padres no podía estar, no tenían ni para comer. Me la traje desde la Patagonia, le hice terminar los estudios, estaba cursando el secundario. ¡Desde entonces que sus padres reciben todo los meses un giro para vivir decentemente!.

- ¿Por qué me cuentas éstas cosas Alejandro? - se preocupó Rodrigo, al notar algo en la voz de compadre:

- ¡Después de lo de hoy, no debemos tener secreto entre los dos! Marianita, se acostó conmigo recién tres años después. Tenía 18, cuando la desfloré. Sentía terror al sexo. Estuvo traumatizada, mucho tiempo hasta que comprendió que todo era normal, que la vida entre un hombre y una mujer, era eso, gozar uno de otro.

- ¿Y por que esa fobia?.

- ¡Tuvo un intento de violación, nunca me quiso decir quien fue!

- Pero te lo imaginas, ¿No?.

- ¡Sí, su padre!. Para que comprenda qué tan natural era el sexo, le prometí que le iba a hacer tener sexo con otro hombre, para que vea que todos los hacían de igual manera. - y se contuvo. Rodrigo lo observó y con la mirada insistió:

- ¿Y?... ¿Lo hiciste? ¿La entregaste?.

- ¡No!... no hizo falta. Además, las mujeres que trabajan en casa, le hicieron entender cómo era la cosa.

- ¿Y?...

-¿Y, qué?...

- ¿Cómo se las arreglaron las empleadas de la estancia, para demostrarle y convencerla? - y allí Alejandro, lanzó una carcajada que despertó a Ojitos Verdes, que simuló que seguía durmiendo pero escuchó la historia:

- La muy pilla, les preguntó a las mujeres empleadas - eran tres - que ya que ellas la aconsejaban que era normal “Todo Eso”, si se animarían a demostrárselo.

- ¿A demostrárselo? ¿Y cómo era eso? - se interesó Rodrigo.

- ¡Muy sencillo!. Las quería ver a ellas, haciendo el amor. - Rodrigo rió con ganas -... quería que primero lo hicieran las empleadas y recién después, lo haría ella. Eran una señora de unos 35 años la cocinara, de mi edad entonces, casada por supuesto, una hija de 20 y una sobrina de 18.

Alejandro se sintió atosigado por las preguntas de su acompañante, lo notó que estaba nervioso, como excitado.

- ¡Por favor, compadre, no te estarás calentando con mi mujer, ¿No?. - rieron los dos.

- Por favor, a las esposas de los parientes el respeto es lo primero. - volvieron a reír.

- Bueno, la señora mayor, le dijo, venga esta noche a mi cuarto y escóndase tras la puerta y verá a mi marido tener sexo conmigo.

- ¿Y?...

- ¡Ah, no! - Les dijo Marianita - yo las quiero ver con Alejandro - hubo un silencio - Sí, así se despacho mi mujer, para ver y creer, tenía que ser con Alejandro.

- ¡Entonces no pasó nada! y ¿Cómo la convenciste al final? - ante el silencio capcioso de Alejandro, insistió - ¿No me vas a decir que las mujeres aceptaron?.

- Primero la mayor dijo, poniendo el grito en el cielo, haciéndose la estrecha. “No, ¿Cómo voy a hacer eso?”. Pero supuestamente la idea no era tan mala, porque pensó diez segundos y se terminó el disgusto y lanzo con su voz tímida, un desafío: “¡Después de Todo, habría que ver si el señor esta de acuerdo, por Usted Señora Mariana haría un sacrificio, pero las chicas no”... y fueron entonces las chicas las que pusieron el grito en el cielo.

- ¡Se aterraron, seguramente, temiendo ser obligada y violadas!.

- ¡No!. Se enojaron con la viejita, ellas también querían. ¡Pasé una noche! ¡Jamás las he podido olvidar!.

- ¿A las chicas? ¿O jamás pudiste olvidar esa noche?.

- No, ni a las chicas, ni todas las que vinieron después. - rieron - ¡Qué manera de tener sexo al por mayor! Eso sí, una por noche, todas juntas Marianita no quería. Después que vio cómo gritaban y se retorcían de placer, la mamá de las chicas era una fiera. ¡¡Una máquina!!.

- ¿Era? o es.

- No, ya no.

- ¿Y las chicas?.

- Se casaron y se han ido – carcajada:

-¿De qué te reís, compadre?.

- Que de vez en cuando vienen y ya no son tan chicas, tienen la edad de mi mujer.

- Pero... - se miraron y volvió a reírse - Ahora traen a dos bellas jóvenes y me pidieron por favor que les enseñara.

- ¿QUEEEE?... - gritó Rodrigo - ¿Eso también? ¿Cómo has logrado esa atracción irresistible?.

- ¡No te rías!. Se lo debo a mi desgracia de no poder embarazar a nadie. Las mamá, preocupadas por el sexo creciente de sus hijas y conociendo mi incapacidad, han decidido traérmelas con la anuencia de Mariana, obviamente, y me sentí “obligado” a iniciarlas.

- ¿Qué pasó? ¿Fue mal?.

- Y claro... - volvió reír con ganas - Me exigieron más de lo que pude, quedé “grogui”. Se quedaron todo un fin de semana en casa... ¿Te imaginás? La pobre Marianita se puso tan ardiente que se metió en la cama cuando estaba con una de las jovenes totalmente desnuda y me la sacó de encima - cabalgaba como una poseída. Que cayó al piso y continuó con masajes íntimos, llamando a su prima la que vino urgente y se revolcaron enloquecidas en la alfombra del dormitorio, mientras mi mujer gozó de tal manera, como nunca lo había hecho antes y fue allí donde me volvió a recordar la antigua promesa de llevarle otro hombre.

- ¿Eso? - quedó impávido Rodrigo - ¡No, no lo puedo creer! ¿Qué le dijiste?.

- No pude responder porque aceleró su galope. Yo, gritando mis eyaculaciones y ella, gritando un nombre, creo que no tuvo orgasmos conmigo, sino con el tipo que eligió para tener sexo y que me obliga a llevárselo y no me pidas que te diga quién es porque eso sí, nunca lo diré.

- ¡Compadre! - se ofendió Rodrigo - ¿Tu palabra de que a partir de ahora no hay secretos entre nosotros?.

- ¡Sí, tienés razón, pero esto es demasiado! ¿Cómo decirte a vos, mi pariente, con quien me quiere cornear mi mujer? ¡Debo soportarlo sólo!, Lo único que le pedí a Mariana, que cuando lo esté gozando le saque la promesa de que él me entregue a su mujer.

- ¡La pucha, qué problema, compadre!. ¡Flor de triangulo se está armando mi amigo! Qué lío, ¿No?... ¿Y si el hombre se niega a entregar a su mujer?.

- ¡No lo creo! ¡En ese momento, a punto de correrte con la furia de la situación, decís cualquier cosa, aceptas hasta que te apoyen a vos con una verga descomunal por el trasero!.

- ¡Epa, amigo! ¿Qué te anda pasando?.

- No sabes Compadre, cómo te excita imaginarte a tu mujer follando con un otro hombre y más mamando una enorme poronga. ¡Es enloquecedor!... Ahhh, ya me estoy poniendo más duro que un fierro y me parece que usted también compadre.

- ¡¡La pucha!!... con lo que has pintado, estoy para llenar veinte bocas. Apura Alejandro, a ver si llego a tiempo a casa. ¡Mira!.

Rodrigo se desabraguetó y saltó su miembro como un resorte, totalmente morado y palpitante a punto de regurgitar líquidos a chorros. Inesperadamente Alejandro, frenó la 4 x 4 y se detuvo a la vera del ancho camino de tierra, y haciendo gala de gran porongudo, desató una batalla de vergas con fuerte olor a las feromonas que clamaban venganza, diciéndole a Rodrigo:

- ¿Probamos quien la tiene más larga?.

Se estiró en el respaldo del asiento mostrando cuan larga era su máquina, abrió la guantera y sacó una cinta para tomar medidas en el campo y estirándola colocó la punta sobre sus pelos, como la cinta es a resorte y no podía hacerlo sólo, le pidió al compadre que le sostuviera sobre su pelvis, mientras medía, pero al sentir el calor de la mano del amigo que rozó su prepucio tuvo una convulsión y él, le manoteó el sexo del joven compadre y con la otra mano aprieta la mano de su amigo, sobre su verga y lo obliga a masturbarlo. Una sesión formidable de masturbación entre dos hombres que gustan de las mujeres, que no pudieron soportar tanta excitación. Se olvidaron de Ojitos verdes, que se acodó sobre el respaldo delantero, justo en medio de los dos y se quedó mirando la escena. La calentura era tal que no advirtieron la presencia de la niña viciosa, que comenzó a frotarse su rajita hasta que le vino un orgasmo que no pudo callar un grito de placer, y antes que ellos pudieran reaccionar, dando un salto, pasó a la parte delantera y se metió entre los dos hombres quitando sus manos de ambos miembros a punto de eyacular, comenzando ella con el sube y baja ante la desesperada calentura de Alejandro y su padre. Ojitos Verdes, se arrodilló en el piso, entre las piernas de los dos apuntando con sus manos ambos troncos a su boca. Sacó su lengüita y comenzó una riquísima lección de pajeo lingual sobre ambas cabezotas que vomitaron casi juntas fuertes chorros de leche hirviendo en su cara, en su boca y otra parte logró atraparla con su lengua y tragar todo lo que pudo. Luego beso en la boca al Padrino y al padre. Con éste último lo hizo con mucha fruición... porque él se negaba a separar sus dientes, hasta que accedió y se enroscaron ambas lenguas en una lucha a muerte, al tiempo que Alejandro, comenzó a meter la suya en el ano de la “inocente” muchachita, que se retorcía como una yarará, mientras que con la mano libre buscó la verga del papi y se la metió en la puerta de su cachucha que estaba totalmente lubricada y permitió que su padre la penetrara por primera vez. La niña ninfómana, lo cabalgó a su progenitor entrando ambos en convulsiones desenfrenadas, mientras Alejandro acomodaba su enorme verga en la puerta del recto de la jovencito que al sentir su entrada, lloró cada orgasmo al sentirse penetrada por ambos lados:

- ¡Hija, déjame salir... no puedo acabarte adentro.

- ¡Hazlo papi... es lo mejor que te puedo ofrecer, no te salgas, por favor.

-¡Es que te voy a embarazar.

- ¡No, noooo! Papá... dale más fuerte, siempre tomo pastillas, por favor, lléname con tu leche, por favor que tu primera vez sea total.

Ella se prendió de la boca de Rodrigo, mordiendo la lengua del padre hasta sangrarla, mientras Alejandro le llenaba las tripas con una acabada que lo dejó sin poder moverse, mientras la niña le pedía que no se retire, que le gustaba sentir las dos vergas más hermosas del mundo, dentro suyo... y ahí, el padre, le mordió la lengua a la hija, los labios, mientras eyaculaba junto con ella torrentes de esperma gritándolo enloquecido de placer.

Nuevamente en marcha, una hora después arribaban al portón de la Estancia de Rodrigo. Se preocuparon por el estado en que se encontraba la niña, casi sin ropas y sucia de semen, al igual que ellos, pero era más soportable. Ojitos Verde, venía en brazos del padrino, reaccionó rápidamente:

- ¡Papi... que Padrino me baje en brazos, diciendo que estoy dormida y me lleva directamente a mi baño y me deja allí... y vos te vas a llevar sus cosas a casa de él.

- Tiene razón, porque si Amelita te ve así puede pensar muchas cosas.

- ¡Si pero en tu casa no hay nadie! ¿Quién me va a atender?.

- Siempre están las empleadas. Ahora yo bajo con la niña y sales urgente, que no te vea nadie. ¡Si tu mujer pregunta le digo que fuiste a casa. Ya lo dijo tu hija, es más inteligente que nosotros dos.

Rodrigo detuvo la camioneta a unos cien metros de la casa. Alejandro bajó con Ojitos Verdes envuelta en una frazada, toda cubierta y las jaulas. La madre se asustó y le dijo:

- ¡No es nada, está dormida y nos dio lástima despertarla! Además jugó como una chiva todo el día. Quédese tranquila, Comadre, yo la llevo, usted traiga las jaulas con los bichos esos que le hemos comprado.

- ¿Y Rodrigo?. - se preocupó la mamá de Ojitos verdes.

- ¡Fue a casa a llevar las cosas que compré yo! - gritó Alejandro al tiempo que se alejaba apresurado con la preciosa carga hasta perderse por la puerta de el enorme Chalet central, de la Hacienda de su compadre.

Amelia se quedó mirando cómo se perdía en el camino la 4 x 4, rumbo a la Estancia del Compadre. Cuando reaccionó, ya Alejandro retornaba de dejar a la jovencita.

- ¡Ya se despertó!. La dejé en la puerta del baño Amalita, quería darse una ducha, el cansancio, la tierra y el calor la han dejado un asco.

- ¿Tiene para mucho, Rodrigo?.

- Todo depende.

- ¿De qué?.

- Del tiempo que lo requiera Marianita para acomodar las cosas que he comprado ¡Ah, mi mujer es muy detallista y hasta que no ve un cuadro bien colocado, no se deja de jorobar.

- ¿Y trajo muchos cuadros, compadre?... - lo preguntó con cierta ironía.

- Unos diez, más o menos. - mintió Alejandro.

Iba a decir algo Amalita, cuando estuchó la voz de Ojitos Verdes que la llamaba

- ¡La llama su hija, comadre!.

Trató de sacársela de encima. La mujer de Rodrigo lo miró con picardía en los ojos, y se alejó. Él, se fue a un espejo de la sala y se vio muy mal. Huele su ropa y apestaba a esperma. Creo que no se tragó nada de lo dicho con respeto a su marido. Tomó su celular y salió al enorme patio, se sentó en un banco de madera

- ¡Hola, mi amor!... ahí va. Ya sabes, cuando lo tengas listo aprieta los tres números que te indiqué, de tu celular y deja que él hable sabes cuál es el pedido. ¡chau mi amor! ¡Pórtate bien!.

Cerró el celular, pero sin apagarlo y se fue a unos de los baños de la peonada, donde se refrescó y se lavó las manos y la boca. Cuando volvió hacia la casa grande, ojitos verdes lo llamaba a comer algo.

Llegó el 4x4, hasta las puertas de la casa central de la hacienda de Alejandro. Rodrigo bajó. Se sacudió la ropa. No se preocupó por la facha, sabía que no había nadie. Bajó unos paquetes. No eran cuadros, eran plantas de flores y facturas de cerdo. Tomó el picaporte de la puerta. Estaba abierta. Se extrañó. Entró. Fue derecho a la cocina, dejando los comestibles y luego cuando iba a salir hacía el jardín de invierno a dejar las plantas, sintió unos gemidos que provenían del lavadero, se acercó, escuchó. Los suspirados eran de una mujer. Se excitó, no se animó a entrar y decidió dejar las plantas para retirarse a su casa, De pronto sintió ruidos en la planta alta, subió lentamente, sabía que no había nadie en la casa. Temió a que hubiera ladrones. Alejandro tenía en su dormitorio una caja fuerte. Se acercó y abrió de golpe la puerta:

- ¿Quién está? - quedó estático. Intentó cerrar la puerta y retirarse, pero una voz ardiente le ordenó desde la penumbra de la habitación:

- ¡Pasa, Rodrigo te estoy esperando!.

Rodrigo no pudo emitir palabras. Era la voz de Marianita, que tuteándolo, cosa que nunca había hecho, lo invitaba a pasar. Estaba recostada en la cama matrimonial, con la ropa subida hasta la cintura, las piernas abiertas y sus manos entre sus pantaletas acariciándose la vulva. Sus ojos tremendamente abiertos cargados de deseo:

- ¡Comadre... ¿Qué pasa, está enferma?. - titubeó. Dejó caer al piso lo que traía en sus manos:

- ¡Síiiii! y sos el único que puede curarme. ¡Pasa! - le gritó - ¡Pasa, que no aguanto más!.

Rodrigo, creyó que soñaba. Él era el elegido. Se acercó a Marianita que descaradamente, lo tomó de las manos y lo tiró sobre la cama junto a ella. Desabotonó el pantalón, quedando desbraguetado. Tomó el miembro del hombre deseado, lo sacó afuera y furiosamente se lo llevó a la boca para mamarlo frenéticamente, mientras Rodrigo acariciaba sus senos, pellizcaba sus morados y duros pezones, los que entró a saborearlo, al tiempo que corría su mano hacia atrás, metiéndose en el tanga negro y transparente hasta alcanzar el enervado “pijito” femenino, haciendo una vigorosa masturbación a ese regalo caído del cielo. Marianita gritaba sus orgasmos. Tomo el celular sin que Rodrigo se diera cuenta y apretó los botones que le indicara Alejandro y lo dejó bajo la almohada. Rodrigo también grita su eyaculación:

- ¡Te acabo en la boca, comadre!.

- ¡Sí, amor!... haz lo que quieras.

Sonó el celular en el momento en que Alejandro conversaba con Amalita, su comadre, se lo llevó al oído, y escuchó con claridad la voz de su mujer teniendo un profundo orgasmo.

- ¡Aaaggg...! Rodrigo, qué bien lo haces, más por favor, es ricoooo.

- ¿Si?. ¿Te gusta?.

- Sí... siiiiii... Sigue, sigue - Alejandro, solamente imaginó. El solo hecho de escuchar esas voces, hizo que su enorme verga se levantara y le alcanzó el auricular a Amalita.

- ¿Es para mí?.

Fue la inocente pregunta tomando el tubo. Se sorprendió. Alejandro no respondió, pero vio como el rostro de la comadre iba cambiando y clavando sus ojos en los del hombre se acercó a él, para poner el auricular junto a sus oídos y escuchar los dos, en el preciso momento en que Mariana gritaba otro tremendo orgasmo:

- ¡Ahhhh... que ricooo penetrame Rodrigo ¿Si? - y gemía enloquecida.

- ¡Si mi vida!. Jamás pensé que me iba a echar un polvo con vos, ¡Qué hembra que resultaste ser, comadre!. Déjame que te lleno la boca con mi caliente lechita. Ahoraaaaa.

- Si... no te detengas mi macho ¿sabes lo que quiero?.

-¡No... dímelo.

- Ver hacer el amor a Alejandro con Amalita. ¿La dejarías?.

- Siiiii... que la reviente, pero nosotros seguimos gozando hasta morirnos. Ahora... yaaa... yaaa Marianita.

Alejandro notó la respiración jadeante de Amalita, le sacó el teléfono de las manos, la alzó con sus fuertes brazos y la sentó cobre la mesa del comedor, mientras sus bocas se enfrentaron a muerte. Se mordían furiosamente y sus lenguas gustaban los líquidos de ambos. Ella no pronunciaba palabra alguna. Abrió bien sus piernas. Alejandro, se arrodilló, quitó la tanga blanca y mojada que ya despedía un fuerte olor a los flujos de la mujer que le demostraba que su calentura con él, venía desde mucho tiempo atrás. Alejandro, dueño de una tremenda lengua, le acarició las gruesas paredes de la peluda vulva que fue mordiéndolas con sus labios y penetrándola lentamente a medida que la mujer perdía toda compostura y poseída por la locura del sexo le gritaba palabras obscenas, que lo calentaban más al hombre. Se retorció como una víbora cuando él alcanzó a tomarle el clítoris con sus dientes y comenzó a morderlos. De pronto notó que su verga se estaba humedeciendo y vio de reojos a la insaciable Ojitos Verdes, queriendo meterse semejante cosa en su pequeña boca, mientras su madre que no podía verla, le gritaba a Alejandro:

- Penétrame, Alejandro... por favor, penétrame. ¡No sabes cuantos años hace que espero éste momento!.

Alejandro la tenía con medio cuerpo desnuda sobre la mesa del comedor a Amalita, su comadre, y no podía hacer otra cosa más que jugar con su lengua en su vulva y morderle con sus dientes, el clítoris, mientras ella se retorcía y pedía, imploraba, poseída por el desenfreno voluptuoso y excitable a que había llegado en los primeros contactos carnales con ese hombre al que siempre deseó:

- ¡Por favor, Alex... te lo ruego, compadre hacerme sentir toda tu hermosa verga dentro de mí! ¡Por Diosss... penétramela toda!, Hazme gozar como Rodrigo estaba haciendo gozar a tu mujer. Ahora... yaaa... yaaa... por favor.

La buena de Amalita, seguía teniendo orgasmos como nunca, uno tras otro. Alejandro, por otro lado se desesperaba porque, Ojitos Verdes, para no ser vista por la mamá, desde abajo de la mesa se había prendido a su miembro y los succionaba como una desesperada. No había forma de quitar de la boquita de esa muñeca pecaminosa semejante trozo de carne. Desenfrenada, libidinosa, sicalíptica muchachita, inconsolable pichón de hembrita, que no quería esperar su tiempo. La poronga del padrino, ya había vomitado ese día, con ésta, nueve veces... No soportó sentir a la ahijadita, mamándole la verga, volvió a mirar de reojos hacia bajo la mesa y la vio masturbarse impúdicamente y sintió que tal vez su último halo de vida iba a llenar las fauces devoradora de la diablilla ardiente, y endemoniada adicta al sexo. Se sintió desvanecer Alejandro, cuando descargó los que supuso su última carga seminal en la maravillosa y férvida garganta de su desvergonzada e impetuoso ahijada.

Alejandro recostó su cabeza en la pelvis de la comadre, mientras su boca se aplastó con fuerza contra la vagina, y casi inconscientemente siguió sorbiendo los ricos jugos y olores de esa hembra ardorosa, que al igual que su hija, solo quería sexo. Escuchó los pasitos apresurados de Ojitos Verdes perderse hacia el baño y los gemidos voluptuosos de Amalita que seguía con una ristra de orgasmos, mientras la larga y potente lengua del macho, seguía entrando y saliendo de esa cueva oscura y valiente que soportaba tantos ataques. Por fin Alejandro logró ponerse de pie y con sus manos, por primera vez llegó hasta ese par de duros senos, para luego acercar sus labios a sus pezones endurecidos y claritos. Esas caricias motivaron otro dislate sexual de Amalita que seguía contorsionándose, mientras tomaba de los cabellos al hombre y lo frotaba contra sus pezones y luego buscó con su boca la boca de él, y se revolcaron en la mesa arrancándose los jugos salivares:

- ¡Llévame a la cama Alejandro!. Por favor, antes que vuelva Rodrigo.

Alejandro no se hizo repetir dos veces. Tomándola de las manos casi la arrastró a su habitación. Allí la mujer se desarropó totalmente, sin dejar de morder el cuerpo de aquel hombre que tenía el poder erótico de lo prohibido:

- ¡Amalita! Haaagg... jamás pensé que fueras tan calentona, mujer. - y le mordió los pezones, tratando de ganar tiempo para reponerse.

- ¿Por qué no te bañas, hermosa?. Usa tu toilet, yo voy al otro.

- ¡No, eso nunca... vamos juntos, pero al mío!.

Esta vez fue ella la que lo arrastró. Mientras Alejandro se desnudaba, Amalita preparó el agua caliente y llenó la bañera con sales perfumadas. El hombre, no pudo resistir ver semejante blancas carnes de sus nalgas al agacharse. Divisó un oscuro lugar en la zanja que lleva a su sexo y embistió. Embutió sus dedos buscando el ano y ella no se movió. Quedó quietita como pollito mojado, dio un suspiro de satisfacción, cuando Alejandro le penetró su dedo central, tirándose para atrás hasta sentirlo en lo profundo de su recto.

Los esfínteres de la comadre simple ama de casa, convertida en hembra, masticaron ese dedo del tamaño de un pene chico de casi 10 centímetros. El compadre, volvió a poner sus rodillas en el piso y lengüeteó esa rosa encarnada, comenzando a penetrarla con su legua, mientras su polla comenzaba a querer tomar vida nuevamente. Ella se tiró dentro de la lujosa tina ya con agua caliente y él la siguió. Ella, lo enjabonó primero. Acarició todo su espléndido tórax notando sus músculos y bajó y subió sus manos. Acaricio sus entrepiernas, también jugueteó con sus dedos en el orificio del hombre, hasta que se topó con la verga deseada, que aún semi fláccida, era lo suficientemente grande como para invitarla a abrir su boca, y comenzó a querer introducirla... El rostro del compadre se contrajo, lo calentaba el tener la boca de esa mujer que siempre deseo hacerla suya mamándole su aún alicaído miembro. Nunca supo como, pero de repente comenzaron a surgir sus fluidos. Su enorme tronco ha recuperado su capacidad de acción y la dio vuelta en el agua, dejándola arrodillada, con su colita alzada y apuntó a ese agujerito que siempre deseó, y de un solo envión, entraron sus 28 centímetros de largo por 8 de diámetro. El grito estentóreo dado por la hembra comadre, lo alentó a seguir sin misericordia entrando y saliendo de esa vaina que hervía y mordía de lo mejor. La mujer comenzó a gustar después del terrible dolor, ya que su marido nunca la había penetrado por el ano. Pero gozó y acabó en varias oportunidades mientras gritaba que no cesara con ese ataque que la maravillaba y enfurecía a la vez. Cuando Alejandro sintió que se venía, se sulfuró tanto que la apretó de tal manera, que ella lloró del gusto y placer de sentir esa leche caliente por primera vez entrando en sus tripas:

- ¡Maaasss!... ¡Maaasss!. Alejandro, sigue penetrándome con la misma furia. Mi fuerte y deseado hombre. Ayyyy... que delicia. Sigue compadre, ya que me has desflorado mi ano, sigue por favor, paga por lo que hiciste. Un agujerito virgen tiene su precio ¿No?.

- ¡Si, amor!... No sé de donde viene, pero es toda para ti, he esperado tanto tiempo éste momento.

Sin sacarlo del interior de ese maravilloso agujero, levantó sus ojos para agradecer, ¿A quién? No sabía. pero tomó aire y miró el espejo... allí, reflejado en el cristal, la carita gozosa de Ojitos Verdes que espiaba, y eso lo puso más ardiente aún. Su nenita, esta viendo como él se galopaba a la madre. La emprendió otra vez frenéticamente, mientras observaba esos Ojitos Verdes que lo iluminaban y les daban fuerzas, al verlos tan deseosos de querer estar allí. Le hizo un movimiento con la cabeza invitándola a que viniera pensando en ello, volvió a llenar ese culito de esperma hirviendo, ante las convulsiones y delirantes goces de la dulce y siempre considerada ingenua Amalita.

La precocidad de la perversa sexual, no tenía límites. Sabía lo que hacía. Lo pensaba antes. Aceptó la invitación del padrino y aguardó dentro de la habitación, pero metida en el guardarropa, a que su madre y Alejandro vinieran a la cama a continuar con tremenda sesión de sexo. Dentro del mueble, comenzó a desvestirse, al ver a su madre totalmente desnuda traída en brazos por Alejandro, mientras ella lo besaba apasionadamente. El compadre depositó ese cuerpo casi perfecto y bien cuidado, sobre el tálamo matrimonial que iba ser manchado por primera vez en tantos años, por espermas que no fueran del esposo que la había entregado, que había consentido todo lo que estaba ocurriendo. Ahora la que trataba cariñosamente el físico, era ella, pero el del amante disculpado que se recostó boca abajo la mujer frotaba toda sus carnes con cremas que aliviaban las contracturas de una jornada que jamás soñó soportar. Los masajes, casi de una profesionalidad inquietante, lo fueron despejando. Los olores mentolados y la penetración de esos dedos que arremetían en cada intersticio de su humanidad, comenzaron a surtir efecto, De pronto Alejandro súbitamente se dio vueltas y su enorme instrumento, increíblemente endurecido, hizo que la tímida Amalita, se despojara de sus escrúpulos y tomara semejante premio para ella, con ambas manos y haciéndole caer las piernas hacia un lado de la cama, se arrodilló en el piso alfombrado y comenzó a saborearlo, tratando de meterlo entre sus gruesos labios, lubricándolo con su lengua de la que fluían sus jugos. Alejandro comenzó a moverse. Ella mojó sus dedos y buscó su ano. Le devolvía el favor. Notó que no le desagradaba y mientras chupaba esa tremenda pieza de 28 centímetros de largo que tocaba su garganta, estaba introduciendo tres de sus dedos en el recto del hombre que estaba gozando de maravillas.

Ella, pensaba en hacerlo acabar en su boca, quería tragar su esperma. Llenarse de semen, gustarlo y tragarlo todo. No advirtió que Alejandro movía casi desesperado sus brazos y su cabeza, en señal negativa. Ella seguía trabajando escondida entre las piernas de ese enorme semental, ya que había abandonado la mamada de la máquina de carne, que latía como un corazón fatigado, y estaba hurgueteado con su lengua el oscuro reducto anal del macho. Momento que aprovechó Ojitos Verdes para, de un salto, montarse sobre el padrino y enterrarse la poderosa verga en su raja, entrando a cabalgarlo casi con violencia. Alejandro, no podía hacer otra cosa que apretar la cabeza de Amalita que seguía metiendo su lengüita en su caverna mientras la ninfómana muchachita, gritaba sus orgasmos y mordía la boca del padrino que le pedía que se fuera y mirara solamente desde su escondite. Ante el peligro inminente que la madre la viera tuvo una enloquecida carrera orgásmica, quedando exhausta al costado del padrino empujándola éste hasta hacerla caer al piso del lado contrario al que estaba Amalita. Pasado el peligroso instante, que excitó aún más a Alejandro, levantó la cabeza de la mujer enardecida por la fogosidad de sus goces y la puso sobre su miembro. Abrió la boca y continuó mamando la deliciosa polla aunque, la sacó de inmediato y saboreó lo que ella había dejado. Agrió su rostro y continuó la dulce fellatio:

- ¡No quiero que termines todavía, compadre, quiero sentirte adentro aún no me has dado ese gusto, penétrame por Dios!.

De un salto ahora fue era ella la que montó al hombre, metiendo con sus manos la enorme cabezota en la puerta de su vagina, empujó una... dos... y la tercera sintió como ese hierro candente la penetraba hasta su útero. Gritó cada orgasmo. Blasfemó por no haberlo hecho antes y se recordó que su marido estaría haciendo exactamente lo mismo que ella y eso la enardeció más y en desenfrenada carrera, totalmente fuera de sí, enloquecida por su incontinente lujuria, perdió la cuenta de cuantos polvos se había echado. Terminó, rendida, pero el tronco del compadre, como si aun esperara algo, seguía firme y recto, con pulsaciones maravillosas. Ella se disculpó, como avergonzada de esa demostración de calentura y se fue al baño. Alejandro no pudo creer lo que vio. Ojitos verdes, cuando Amalita entró a la ducha, corrió tras ella y le puso llave a la puerta. Volvió, se encaró sobre el padrino. Le apoyó su raya sobre su boca frotándosela y cuando comenzó a sentir la gruesa lengua del padrino penetrándola, se tiró hacia adelante y tomó con sus dos manitos el monumento erecto y se lo mamó descontroladamente. Alejandro totalmente rendido, vencido de tanto sexo, como queriendo gritar una protesta de tanto abuso, le enterró su lengua en el ano de la niña, la penetró con tres dedos y ante la furia orgásmica, de ese pequeño físico incansable, la tomó de la cintura con ambos brazos la levantó en vilo, la dio vueltas frente a él y apunto su gran instrumento en ese pequeño lunar negro que al contacto con una cabezota de casi 10 centímetro de grosor, se dilató de tal manera que recibió alborozada semejante verga intentando un grito de placer y dolor, que ahogó el padrinito con su fuerte mano tapando su boca:

- ¿Pasa algo Alejandro? - gritó Amalita desde su tina.

- ¡Nooo! - gimió el hombre - Es que me acuerdo todo lo que me hiciste y me estoy masturbando... ¡Aaahhhh... – gritaba por que se venía desaforadamente:

- ¡Espera, no acabes compadre, es mío, todo eso es mío, dale tu lechita en la boca de tu nena.

Seguía gritando libidinosamente la mujer. El sonido de la voz de su madre excitaba más y más a la pequeña ninfómana, que al tomar conocimiento que iba a acabar con su padrino en el mismo momento gritó junto con él, cabalgando con furia, ese tremendo placer, quedando sentada con la enorme polla clavada en su ano, calmando la fatiga de ese hombre que parecía haber llegado al final de su existencia.

- Alex... responderme, Alex... ¿Que te pasa? Te sientes mal. Enseguida estoy con vos compadre, ya salgo de la bañera.

Ojitos Verdes, casi sin fuerzas, dio un salto y corrió a la puerta del baño, giró la llave y se perdió por la salida de la habitación hacia la suya.

Casi una hora después, Alejandro se sentía repuesto y estaba con Amalita en la enorme cocina, terminado con los preparativos de la fiesta del día siguiente e ingiriendo suculento tazón de café con leche y acompañándolo con trozos de jamón crudo, queso especial y picantito, con pan. Ya oscurecía. Se había hecho demasiado tarde. Los rostros de ambos estaban demostrando una ajetreada jornada de esfuerzos, cansancio y muchas cosas más... Las tremendas ojeras de Amalita, la denunciaban que no la había pasado tan mal:

- ¿Por qué no te maquillas, Comadre? Estas muy ojerosa.

- ¿Se nota?.

- Casi cinco horas de trabajo forzoso se demuestran en la cara. Y creo que lo has tenido.

- ¡Sí, lo hemos tenido!.

Se sonrió y se alejó hacia su toilet para mejorar su aspecto

- A pesar de que debe saberlo, es mejor que Rodrigo no lo note, voy a arreglarme. - hizo unos pasos y se volvió a decirle al compadre.

- Por que no me haces el favor de despertar a Karinita, es hora que se levante. Esta chinita debe haber correteado tanto en el campo, que ha venido rendida.

- Si, pero anda vos a componerte un poco, seguro que debe estar llegando tu marido. Y a la chica, “Déjala por favor, que descanse”... - remarcó la frase, no quería acercarse al dormitorio de Ojitos Verdes. Estaba pensando en eso, cuando escuchó la disimulada y exigida voz de la ahijada que lo llamaba:

- Padrino ¿Me traes un vaso de agua fresca?.

- Anda y atendedla... vos la acostumbraste así. - dijo Amalita perdiéndose en su habitación riendo.

Alejandro se mordió el labio inferior, al tiempo que su sexo, respondió con un sacudón, como si hubiera reconocido esa vocecita.

“Final del tercer momento”.

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