El recuerdo de aquella noche me ha acompañado durante mucho tiempo, sirviendo de bálsamos a las heridas que la convivencia diaria suele causar a cualquier pareja. Y es que aquel atractivo desconocido que me presentaron en una fiesta a la que acudí más por obligación que por deseo, ha resultado un ser totalmente diferente, al que a veces hasta me cuesta reconocer. Tal vez el quid de la cuestión esté en la palabra en sí misma: Desconocido. Ahora ya no es ese atractivo extraño que se me cruzó en la vida casi por casualidad, si no mi marido, el hombre al que un día, miré a los ojos e hice la promesa de pasar junto a él el resto de mi vida.
Aun hoy en día, hay momentos en los que estando a solas con él, me descubro observándolo de forma diferente, analizando cada punto de su rostro en busca de la respuesta a una pregunta que ni tan si quiera conozco; buscando en él algo que me devuelva al hombre que conocí. Supongo que lo que pasa es que mi subconsciente me traiciona y sigue en busca de algo a lo que no sé poner nombre, algo que ya no está, algo que se marchó para siempre y es imposible que vuelva, algo que me parece haber perdido en el camino. Y es que aunque el sexo sigue siendo muy especial con él, aunque lo que nos unió aún sigue presente en nuestras vidas, siento que hemos perdido ese fuego abrasador; aquella pasión devastadora que me dejó temblando y casi sin respiración. Por eso puse mi mente a trabajar. Si me había dormido en los laureles, era mejor que empezara a hacer cambios, y cuantos más, y antes, mejor.
Creo, que antes de seguir debería de aclarar unas cuantas cosas: Al aceptar su proposición de matrimonio, lo hice conscientemente; sabiendo que querría compartir el resto de mi vida con él, ¿las razones?, muchas, no podrían nombrarlas todas en estas páginas, solo un apunte: el sexo, aunque era genial con él, no fue uno de los motivos principales para darle el sí. Ahora, tampoco estaba dispuesta a que este perdiera la importancia que había tenido en mi vida hasta ese momento.
Supongo que tenía el ejemplo demasiado cerca: Había visto como muchas parejas de amigos, al dar el si quiero, se veían abrumadas por el peso de la rutina y las obligaciones adquiridas, e iban dejando que el sexo pasase a ocupar no ya un plano secundario, sino casi tangencial; algo, que se hace más por obligación que por fogosidad. Es más, muchos había dejado de ver a su pareja como el objeto de deseo. Eso me daba pánico. Así que me hice la solemne promesa de que fuera como fuera, intentaría que la llama siguiera ardiendo; que aquello que nos unió la noche en que nos conocimos no se apagase nunca. Sin embargo, la realidad acabó dándome una bofetada en las narices.
Lo que no contaba era que al igual que muchas mujeres, al casarse tuviera que afrontar tantas cosas, posiblemente demasiadas, y acabé cayendo en la misma trampa en la que un día me juré no caer. Supongo que a él también le pasó lo mismo porque con él tiempo, comenzamos a distanciarnos, a dejar que le relación se fuera enfriando poco a poco, a vernos abrumados por las obligaciones de nuestros trabajos, de nuestras familias; que a veces era muy difícil encontrar tiempo para no olvidar que estabas casada. Fue como perder un marido en beneficio de un compañero de piso. Un compañero que comenzó a trabajar más de la cuenta, mientras yo...bueno, yo me sentía sola, y porque no decirlo, insatisfecha.
Pero por mis venas corre sangre latina, sangre ardiente y aunque no sea adicta al sexo, me es muy difícil prescindir de él. Así que cuando me vi sola, viviendo con un desconocido y carente de ese calor entre mis piernas, comencé a investigar. Al fin y al cabo me he pasado toda la vida con la nariz metida entre los libros, y aunque mucha gente puede pensar que es una pérdida de tiempo, no saben la cantidad de información que guardan en su interior. Si a eso le añadimos la que circula por la red, os podéis imaginar la gran suma de datos que llegué a almacenar en mi cerebro. Y si para colofón, le ponemos una mente curiosa, abierta, con ganas de experimentar y una imaginación viva, despierta e impetuosa; os podéis imaginar el cocktail explosivo en el que me había convertido. Mi marido, al ser diez años mayor que yo, tenía la ventaja de la edad y la maestría en muchos terrenos, incluido el del sexo, pero no contaba con que yo podía igualarle con un arma tan poderosa como esa: La imaginación y la fantasía. Algo que yo poseía en abundancia; por lo que la empecé a ponerla a trabajar en nuestro beneficio.
Un beneficio que aún tardó un tiempo en comenzar a dar sus frutos; ya que cuando comencé a trabajar sobre ello, me encontré con que un viejo amigo vino a visitarme; “el señor bloqueo“... ¡Mira que lo odio!. Es un visitante que me viene a ver de vez en cuando como a muchos escritores de este planeta, pero que a mi me deja completamente agotada. Ahora, hasta ese momento no me había afectado en mi día a día, ¡por Dios!.
No sé, tal vez era demasiado para mí: Llevaba varias semanas sobrecargada de trabajo, mi madre me había pedido que le echara una mano en la redecoración de la casa, y mis amigas me tenían el móvil saturado de mensajes, pidiéndome consejo y ayuda; ¿pero, quien me ayudaba a mí?.A parte de todo eso, era esposa, y necesitaba insuflar un poco de aire a mi matrimonio, sin embargo me veía incapaz. El mundo me abrumaba demasiado como para poder sentarme y analizar con calma lo que realmente deseaba. Por suerte ideas no me faltaban, pero todas venían a mi mente en tropel, desordenadas, sin ningún sentido para mi. Pero supongo que tengo un ángel que vela por mi, (y que por cierto debe de estar haciendo horas extras), por que cuando estaba a punto de darme por vencida, tuve un encuentro providencial.
Un día, mientras me dirigía caminando a casa de mis padres, me encontré con una vieja conocida. Su nombre era Melisa Hudson y si no me equivoco nos vimos por ultima vez el día que me despedí de ella y su familia en el aeropuerto de Heathrow; después de un curso de verano en el que me había hospedado en su casa. De eso hacía ya casi 16 años, y desde entonces las cosas habían cambiado mucho. Evidentemente.
Para empezar, lo que yo recordaba de ella, era una chica tímida y apocada con una ferviente vocación religiosa, y lo que me encontré aquella tarde nada tenía que ver con ello. Como muestra sirva la ropa que ambas llevábamos: Y es que el vestido que cubría su cuerpo, hacía parecer a lo que llevaba puesto casi un habito religioso, (y eso que yo nunca me he considerado pudorosa en la forma de vestir), pero había algo abiertamente provocador en él. No sé si era por su escueta, casi minúscula falda, por el vertiginoso escote de la espalda ó por sus casi inexistentes tirantes. Aunque el vestido, solo era una mínima parte del espectáculo. Había algo más, algo menos visible, menos evidente al ojo humano, algo que hacía que las miradas se posaran sobre ella, algo abiertamente provocador, muy tentador. Una actitud, que ni tan si quiera en las latinas más ardientes había visto. Evidentemente, cancelé mis planes para aquella tarde y me senté con ella a una cafetería para ponernos al día y recordar viejos tiempos. Y la verdad es que para mí fue todo un descubrimiento, que en cierta forma, me abrió puertas, que hasta ese momento no sabía ni que existían.
Tras los primeros e incómodos minutos de nuestro encuentro, logramos romper el hielo, y ambas comenzamos a sentirnos mucho más cómodas. Lo que dio pie para que Melissa empezara a contarme lo que había hecho desde el día en que nos despedimos:
- ¿Te acuerdas de la fiesta a la que fuimos el último fin de semana?. - Me preguntó con una media sonrisa un tanto apagada.
- Vagamente, - y haciendo un ejercicio de memoria, añadí: - Creo que te enrollaste con un tío alto, que llevaba una cazadora de cuero,... pero si te he de ser sincera, apenas recuerdo como era.
- No te preocupes, tampoco es gran cosa... Bueno, no me preguntes por que, pero resulta que aquella noche lo hicimos.
- ¿Os acostasteis?. -Exclamé desconcertada, pues no me cuadraba en absoluto con la imagen que tenía de ella.
- Si, y fue la peor estupidez que he cometido en mi vida.
- ¿Porque?.
- Porque a parte de ser un inepto total en la cama, me dejó embarazada.
Creo que en aquel momento, el refrán: “las cosas no son siempre lo que parecen”, se me pasó por la cabeza . Y es que nada de lo que me estaba contando, o estaba viendo, se ajustaba con la imagen que había guardado de ella en mi memoria.
Siguió el relato de lo que había sido aquellos primeros tiempos tras nuestras separación, aunque lo cierto es que se lo podía haber ahorrado porque conociendo los antecedentes, el final era más que previsible. Padres con una moral católica muy estricta, motivo por el cual el mío había aceptado que su única hija adolescente pudiera viajar hasta Inglaterra aquel verano, demasiado anticuados, demasiado pendientes del que dirán; buscaron las solución más obvia para lo que seguramente ellos calificarían como la peor de las desgracias: Darles a los futuros padres una casita, posiblemente en el barrio en el que habían nacido-, poner a trabajar al cabeza de familia, convertirla a ella en una futura ama de casa, y por último casarlos discretamente, sin demasiado alboroto, antes de que se “notara demasiado“.
Los siguientes años tampoco tuvieron nada de especial: Dio a luz a un niño, que por cierto, se llamaba igual que el padre, al que querría con locura y por el que aguantó un matrimonio de conveniencia, en el que el amor se esfumó antes del primer aniversario; ejerciendo de algo que nunca se había imaginado que fuese capaz de ser, (ama de casa, esposa y madre) a tiempo completo... Pero por suerte, cuando el niño comenzó a ir al colegio consiguió volver a estudiar sin que en su casa se armara ningún culebrón; más que nada, por que nadie tomó en serio aquel deseo de terminar sus estudios. Conforme iba escuchando la biografía de Melissa, no pude evitar sentirme mal, como si una mano me estuviera oprimiendo el pecho. Y es que de haberme encontrado en su lugar, yo no habría sabido como escapar; porque de la manera en que lo estaba contando, os juro, que parecía un callejón sin salida propio de cualquier obra de Dickens.
Pero por suerte, cuando ya había escrito el final de esta historia, se produjo un giro de 180 grados con el que no contaba en absoluto. Aunque pensándolo mejor, tal vez lo más acertado sea que la propia protagonista narre en primera persona su propia historia:
- Desde que había retomado mis estudios, mi vida había cambiado; ...mejor dicho, yo fui la que cambié. Por primera vez, me sentía bien, a gusto; supongo que por que estaba en mi ambiente. Al fin y al cabo no dejaba de ser una chica de apenas 21 años, que había sido madre demasiado pronto. Sin embargo, era plenamente consciente de que todo tenía un limite: El sueño de ir a la universidad se había esfumado por la ventana. Y me costó mucho de aceptar, durante un tiempo me sentí mal, frustrada y lo pagaba con todo el mundo, ahora, no sé porque, pero acabé reaccionando. Tal vez porque me di cuenta que los únicos que no nos merecíamos pasarlo mal en esta historia éramos yo y mi hijo; por eso acabé aceptando la realidad, sabiendo que si acaba mi formación en turismo podía llegar a ser igual de feliz.
En aquel momento hizo un amago de sonreír, pero fue eso, solo un leve movimiento en la curva de sus labios.
Fue durante mi último año en la escuela de turismo, cuando todo empezó a cambiar: Aquel comienzo de curso tuvo un sabor bastante agridulce para mi; supongo que me daba pena dejar las aulas... eso, y que desde hacía mucho tiempo mi cuerpo me estaba pidiendo que de vez en cuando le diera alguna que otra alegría.
- Sin embargo, lo que no me podía imaginar era lo que Dios tenía reservado para mí:
- ¿A que te refieres?. - Pregunté con curiosidad; tanto misterio me estaba matando.
- Muy sencillo, - me confesó al mismo tiempo que esbozaba una pícara sonrisa -, a que fue precisamente en la escuela donde conocí al “hombre” que echaría por tierra todas mis creencias respecto a los congéneres del sexo opuesto.
- ¿Tan fuerte fue?. -Volví a interrogar con morbosa malicia.
Entonces ella se mordió los labios en un gesto que reconocí más mío que suyo (pues desprendía una sensualidad tan natural, que era irreconocible en el recuerdo que guardaba de Melisa, pero dado el cariz que estaban tomando los acontecimientos, ya nada me sorprendía), mientras se pensaba una respuesta... Y tras unos segundos, me miró a los ojos y me dijo:
- Ana, ni te lo puedes imaginar... Desde que me había casado, la vida me había ido quitando poco a poco muchos de los sueños y esperanzas que tenía de niña hasta dejarme bajo mínimos. Y precisamente, de todos ellos, uno de los primeros en caer, fue la de tener una vida sexual satisfactoria. Para mí, el sexo, se había convertido en un puro tramite, en algo que casi se hacía por obligación; y lo peor, es que ya, ni me revelaba, ni tan si quiera lo echaba de menos. Simplemente cambié mis deseos, por una visión más realista de lo que era la vida... Más apegada a la visión de lo que debía de ser un adulto, entre comillas. No sé si me entiendes. - Agregó intentando hacerme participe de la conversación.
Sin embargo, yo no querría ni debía intervenir demasiado. Primero, porque la historia había logrado engancharme y segundo, porque viendo su rostro, sabía que ella también quería revivir todos aquellos momentos. Así, que simplemente, me limité a afirmar en un tono neutro pero al mismo tiempo incitador:
- Perfectamente. - Pero al oír mi voz, hubo algo que me pilló por sorpresa; y es que en cierta manera, me sentía sino identificada, si no con la historia, si al menos con ese resentimiento que su voz destilaba.
- Figúrate como estaban las cosas, que por aquel entonces, encontré a mi marido follandose en nuestra cama a una compañera de trabajo, y ni tan si quiera me importó... Es más, la compadecí.
- Espera,... retrocede y explícame como fue eso, que no te entiendo.
- Vale, todo sucedió el verano anterior al comienzo de ese curso que acabó por cambiarme la vida: Como todos los años por aquella época, me pasé una semana hiendo con él a comprar material escolar, y todo lo que ambos necesitábamos para la vuelta a clase. Y como buen tacaño, Jamie nos solía acompañar, más que nada para rezongar a mi lado de lo mucho que llegábamos a malgastar. Pero ese día, a última hora me pidió que le dejara ir a casa de un amigo para ver el partido y no puse ninguna objeción; es más, estaba deseando que se fuera, y me dejara tranquila. Así que mandé a mi hijo con unos amigos y me fui sola. Feliz por esos pocos momentos de paz que podía disfrutar; aunque para ser honesta, me supieron a poco. Terminé mucho antes de lo que esperaba esperaba... Bueno, mejor dicho, de lo que nadie lo esperaba. Entré en casa por el garaje, y fui directamente a dejar las bolsas en la cocina. No esperaba que hubiera nadie en casa, así que pensé que guardaría la compra y me daría un buen baño en compañía de mi sweet sir... mi vibrador, - aclaró al ver mi expresión de confusión-; ... recuerdo que estaba sudada, aquel había sido un verano abrasador, con un calor agobiante. Pero todo se fue por la ventana cuando oí unos ruidos extraños en la planta de arriba. Decir que me asusté, era poco; en un segundo me monté una película que Hitckock a mi lado parecía un principiante. Me acuerdo que subí las escaleras temblando, intentando no hacer ruido, sintiendo como el corazón me palpitaba a un ritmo tan salvaje, que creía que de un momento a otro se me saldría por la boca. Una vez arriba, recuperé la respiración mientras las pulsaciones iban descendiendo a su ritmo normal, más que nada porque no me costó mucho identificar las voces: Una evidentemente era de Jamie, y la otra, era la de una mujer, que aunque no sabía ponerle nombre, si que me era conocida. Así que seguí avanzando muy despacio hacia la habitación de donde venían las voces, y una vez frente a la puerta, la abrí un poquito, solo lo justo para ver sin ser descubierta... Era mi marido, que se estaba follando a la secretaria de su jefe en mi cama.
-¿Y tu que hiciste?. -Pregunté con una evidente curiosidad.
- Si lo que me estás preguntando es si entré en la habitación para montar una escena, te equivocas. Hacía tanto tiempo que había dejado de amar a mi marido, que ya ni tan si quiera me afectaba el hecho de que me pudiera ser infiel... Si te he de ser honesta, hasta prefería que me pusiera los cuernos; por lo menos si se tiraba a otra, no me buscaba a mí. Y dados los antecedentes, era casi lo mejor que me podía pasar del tema y no montarla.
- Entonces deduzco que esa no era la primera vez que se acostaba con otra.
- No lo sé... - Y antes de que ni tan si quiera pudiera pensarlo, aclaró:
- Sé que muchas mujeres, son tremendamente celosas y a la mínima, sospechan de su marido, pero yo no. Nunca me consideré una mujer celosa, al menos con mi primer marido, así que hasta que no los pille aquella tarde, no supe que me estaba siendo infiel. Pero lo dicho, tampoco me importó demasiado. Aunque si te he de ser sincera, tengo que darle las gracias. Pues aquella tarde descubrí algo que me abrió nuevas puertas; en cierta manera se puede decir que el descubrir a mi marido poniéndome los cuernos, fue el principio de la revolución... Yo como tu, he recibido una estricta educación católica y crecí con muchos miedos y tabúes en el terreno sexual; por lo que el verme allí, viendo como esos dos follaban como enanos y descubrir que probablemente yo viéndolos estaba disfrutando más que ellos haciéndolo, fue todo un golpe que me dejó desconcertada... Un montón de sensaciones y deseos se arremolinaron en mi mente. Pero lo peor fue el descubrir que tenía para pillarme el mayor cabreo de todos los tiempos: Tal vez por que él, al igual que otros muchos, era de los que creía que el sexo con la esposa es un puro tramite, algo que casi se hace por obligación, por lo que ni tan si quiera había porque esforzar; simplemente se convirtía un mete y saca que por lo visto lo debía de dejar agotado, porque automáticamente se daba la vuelta y se ponía a roncar como un descosido.
Sin embargo con ella no. A ella le hizo cosas que ni tan si quiera le pasó por la cabeza hacerme a mí.
- Parece que te duela.
- Vamos a decir que si, pero no en el sentido que tu te estás imaginando... Si que me dolía, pero más en el terreno de la feminidad, no como esposa a la que estaban siendo infiel. No tenía miedo, ni celos de la mujer que se estaba acostando con mi marido, es más tenía todo el derecho a hacerlo como persona libre que era. Lo que me atormentaba era el hecho de que a ella le estuviese haciendo cosas que a mí nunca se atrevió... Era en cierta manera como menospreciar mi valía como mujer.
- Lo siento. - Dije mientras la cogía de la mano.
- No te preocupes... Espero no estar escandalizándote.-Me contestó mientras me sonreía tímidamente; como intentando disculparse por lo que estaba contándome. Como si hubiera algo malo, que se tuviese que perdonar; eso no lo entendí. Recuerdo que pensé que era una mujer digna de elogio por haber salido de una situación que evidentemente no le hacía feliz.
- Cariño, no quiero ponerme ahora a contarte mi vida. Estaría fuera de lugar, pero ten por seguro que no es tan fácil escandalizarme.
- ¿Ni tan si quiera cuando se trata de sexo?. - Inquirió de nuevo, como intentando asegurarse de cual sería mi reacción.
- En ese tema mucho menos. - Afirmé con rotundidad.-... Anda, sigue Melissa.
- De acuerdo, sigo.
Me acuerdo que aquel día hacía mucho calor; la verdad es que había sido un verano muy caluroso. Un autentico infierno del que no creí sobrevivir; tanto, que por primera vez en la vida me había comprado ropa de algodón, con tirantes finos y transparencia, relegando mi conservadurismo en pro de la supervivencia veraniega. Fíjate como era la cosa que aquel día llevaba puesto un vestido de raso de tirantes que apenas me llegaba a medio muslo y debajo solo un tanga, ni tan si quiera sujetador... pero ni aún así no había logrado sentirme mejor. Supongo que todo se hubiera solucionado si alguien me hubiese echado un buen polvo, pero a falta de pan.
Creo que siempre he tenido alma de voayer, pero no fui consciente hasta aquella tarde, al escenificarse frente a mi semejante espectáculo... Allí no había limites, frustraciones, ni tabúes, era la imaginación al poder y eso me gustaba. Para mí, el sexo había sido todo un mundo en el que me había negado la entrada desde que me casé; por lo que decidí “vengarme“ del protagonista aunque el nunca fuera consciente de ello. Una venganza cruel y despiadada, que solo se llevaría a cabo en mi mente, -más que nada porque en aquel momento me sentía incapaz de llevarla al terreno real-, pero que en cierta manera me compensaría por todo lo pasada:
Lo primero era elegir el momento en el que entraría en acción, mientras la otra desaparecería como por arte de magia... Al final pensé que lo mejor sería el momento justo en el que él, con su miembro erecto y el deseo transpirando por cada poro de su piel, iba a introducirlo dentro del sexo de ella. En ese punto, yo entraría en escena. Me encantó la cara de pánico que puso al descubrir que era yo la mujer que tenía entre las piernas; apenas pudo mover un músculo durante varios minutos, se quedó lo que se dice totalmente de piedra. Supongo que lo primero que se le iba a pasar por la cabeza era que le montaría la típica escena de esposa engañada, pero nada más lejos de la realidad... En la mesita de noche guardaba aparte de mi ropa interior los pañuelos de cuello, esos que toda mujer tenemos como fondo de armario para una emergencia invernal, y pensé que me vendrían al pelo para una “ocasión tan especial como esa“.
Siempre había pensado que si Jamie me hubiese dejado llevar la voz cantante cuando hacíamos el amor, de ser yo la que dominase, las cosas nos hubieran ido de manera muy diferente en ese terreno, por eso no pensaba desaprovechar la ocasión; ...tal vez tú lo veas como una tontería, pero cuando no se tiene más, te agarras a un clavo ardiendo... Lo siento, -hizo de repente un inciso y volviendo al tema prosiguió: -, me estoy desviando del tema... A ver, si..., saqué cuatro pañuelos y lo até de pies y manos. Jamie estaba tan petrificado que apenas opuso resistencia. Me miraba con los ojos desencajados, como si no me reconociese, como si de pronto tuviese que enfrentarse a Jack el destipador... Y como todos sabemos, el miedo no es el mejor aliado para mantener las pollas duras, así que me puse manos a la obra.
Recuerdo el nudo que se me formó en la boca del estomago cuando metí su pené en mi boca. Era algo que él nunca me había dejado hacer, cosa que no entendía, pero lo cierto es que me gustó... Me gusto su tacto, su sabor, su olor, aunque sobre todo estaría el poder... No sé, supongo que había sido fruto de mi educación, el que pensara que el sexo era una cosa unilateral, algo en lo que la mujer no tenia ni por que sentir. “El sexo solo se practica en el marco del matrimonio y con la finalidad de traer una nueva vida a este mundo”, era algo que me había repetido el párroco de mi iglesia cuando me casé, y que no sé porque, se me pasó por la cabeza en ese preciso momento.
Yo nuca había recibido una educación sexual, y tal como me había ido la vida, lo cierto es que tenía para odiar ese tema; pero nunca fue así. Siempre tuve una idea muy clara de lo que era y de que nada tenía que ver con lo que tenía cuando me acostaba cada noche, sin embargo en aquella ocasión tuve la completa certeza. El ver como su miembro se ponía cada vez más duro conforme lo lamía, me lo metía en la boca, mordisqueaba su bello púbico... Incluso fui más allá y me atreví con una maldad que siempre había querido hacer.
- ¿Cual?.- Le pregunté con una más que indudable codicia. Y es que todo lo que me estaba contando, despertaba en mi una curiosidad que me pillo por sorpresa. Supongo que hasta ese momento tenía la seguridad de que yo era la única que tenía una imaginación tan basta en ese terreno pero por lo que ella me estaba contando, comenzaba a desbancarme.
- Él me había repetido una y otra vez que querría practicar sexo anal conmigo, sin embargo siempre me había negado; es más, me escandalizaba de mala manera cuando me lo sugería. Creo que aquello lo empuja a probarlo con otras mujeres. Pero en aquella ocasión, como todo estaba sucediendo en mi mente y yo tenía el control de la situación podía hacer lo que me diese la gana.
Supongo que al mismo tiempo que el amor se fue de mi vida, el vibrador entró en el cajón de mi mesita de noche y la verdad es que me sentía muy orgullosa de él. Sé que dicho así puede sonar extraño, pero ese trozo de látex me había hecho llegar al orgasmo en más ocasiones, que mi marido en toda nuestra vida de casados. Por lo que pensé que él tenía tanto derecho como yo a participar en esta fantasía.. Así que estiré el brazo mientras le preguntaba: “Jamie, ¿ te acuerdas de cuantas veces me has suplicado que practicáramos sexo anal?... Bueno, pues esta noche vas a tener toda una experiencia que te aseguro que no olvidarás fácilmente.
Te puedes imaginar la cara que puso cuando me acerqué a él con el vibrador en la mano, y lo que salió de su boca no fueron precisamente flores, pero aún así no me amedrenté. Le desaté los pies, giré su cuerpo y se la metí, así, sin más. Al principio noté un poco de resistencia, Jamie no dejaba de menearse y tenía que hacer un verdadero esfuerzo con las piernas para inmovilizarlo, pero poco a poco, conforme entraba y salía, note evidentes muestras de que le iba gustando; lo que por otra parte fue toda una sorpresa para mí. Su miembro se puso duro y duro hasta que la erección fue completa. Entonces lo saqué, lo dejé sobre la mesilla y volví a atarle en la posición original. Él estaba tumbado boca arriba, atado de pies y manos, con el miembro erecto y mirándome de una forma que nunca se me olvidará... Ahora, la culminación fue cuando me senté de nuevo a horcajadas e introduje su pené en mi sexo.
Me moví encima de él lentamente, disfrutando de cada segundo, de cada movimiento, profundizando en cada nueva penetración, en cada nuevo movimiento. Por primera vez yo tenía el completo control de la situación y podía disfrutar del sexo como yo querría, explorar su cuerpo, besarle donde me diera la gana, en los lóbulos de las orejas, en la barbilla, en los hombros y más abajo aún... moverme a mi antojo por todo su cuerpo; conocer por fin la anatomía masculina. Aunque fue una decepción ya que descubrí que el cuerpo del hombre era realmente tan sencillo como decían los libros y verlo retorcerse de placer con cada salto, con cada beso, con cada nueva caricia; verlo negar la evidencia me excitaba mucho más de lo que nunca me hubiese imaginado. En ese mundo si que no había límites... al fin y al cabo ese tenía que ser un derecho inviolable de los seres imaginativos.
- No entiendo. - Intervine de pronto, sin venir demasiado a cuento; pero es que en todo lo que me estaba contando, había algo que seguía sin encajarme.-¿Qué ganaste tu con todo esto?.
- Si lo que me preguntas es en el sentido material o moral te tendría que decir que evidentemente nada, pero para mí el descubrir un mundo que ni tan si quiera me imaginaba, fue mucho más importante, el voayerismo en cierta manera fue lo que impulsó los siguientes cambios que se producieron en mi vida. El ver como mi marido se tiraba a otra y lo que me hacía sentir,... el poder de la imaginación me puso a mil. Tanto es así, que cuando terminaron, salí del pasillo sin hacer ruido y huí de casa, volviendo poco después como si nada hubiera pasado.
Después de aquello querría más, saber más, ver más, y comencé a investigar. Era casi una necesidad elemental... Me sorprendí al descubrir que había todo un mundo en Internet sobre este tema; personas normales, como tú y como yo, que ponían cámaras web por toda su casa para que el que quisiese los viese haciendo las tareas diarias: Desde prepararse el desayuno hasta como hacían el amor con su pareja. Eso me hizo pensar, no sé..., la verdad es que me gustaba mucho; me sentía atraída por todo ese mundo... Y no tan solo por lo que descubrí en Internet, si no también por lo que había en los locales de pep- Show.
- ¿Fuiste a un local de pep-show?.
- Así es, pero no adelantemos acontecimientos, antes de eso tengo que hablarte de la persona que dio a mi vida un giro de 180 grados. Su nombre es Giovanni.
- ¿Giovanni?.- Pregunté de nuevo... Si, ya sé que parecía tonta, pero ¿qué querréis que os diga?, todo eso me pillaba completamente fuera de juego.
- Sí, Giovanni. Era un nuevo profesor que comenzó a dar clase en un nuevo programa que se abrió ese año, y que me vino como caído del cielo, literalmente hablando, - y al ver mi gesto de extrañeza, aclaró: -...Te comento: yo, para variar, el primer día de clase llegué tarde y estaba tan nerviosa que apenas veía donde pisaba,... recuerdo que aparqué el coche y comencé a correr como una loca hasta que de pronto choqué contra algo duro y se volvió todo negro. Cuando volví a abrir los ojos pude ver su rostro por primera vez. Era un hombre tan guapo, que parecía hecho por linfografia: alto, de pelo negro, unos ojos verde esmeralda enormes y tez morena... Ya te lo puedes imaginar. - Agregó sonriendo pícaramente.
- Perfectamente. - Afirmé esbozando una media sonrisa... No querría decir nada, pero me estaba describiendo a muchos italianos que conocía.
- Él me dijo su nombre a trompicones, apenas le entendí, si que supe que era su primer día en el instituto, que comenzaba a trabajar como profesor de italiano en el nuevo programa... Me hizo gracia que los dos parecíamos tan nerviosos que... no sé, creo que me sentí identificada con él; pero no pienses mal, nuestra historia no empezó hasta mucho después... No, no creo que fuese eso lo que me hizo fijarme en él, si no algo más oculto, algo que pensé que nadie podía ver a excepción de mí.
Los primeros meses del curso fueron bastante extraños, que me dejaba un sabor de boca bastante agridulce; me parece que por el hecho de saber que al llegar Junio tendría que dejar las aulas y volver a la vida real... En cierta manera era como una “larga despedida” de muchas cosas. Y la verdad es que Giovanni, aquel profesor del que te hable, - aclaró -, no me ayudaba mucho; ya que constantemente, con su presencia en las clases, me recordaba lo que podía haber sido y no fue. Durante aquella época apenas me atreví a cruzar dos palabras fuera del horario escolar. Supongo que estaba asustada... Mi vida se había encallado, necesitaba un cambio pero me daba pánico hacerlo, ya que sabía que si daba el paso,... si realmente lo hacia, podía perder todo lo que me importaba: mi hijo, mis padres, mi familia, y no estaba demasiado segura de poder hacerlo; mejor dicho, de querer hacerlo. Me daba demasiado terror. Admito que en todo esto tuvo mucho que ver la manera en la que me habían educado. Supongo que romper viejos tabúes nunca es fácil.
Entre unas cosas y otras, el tiempo fue pasando, las Navidades estaban a la vuelta de la esquina y como todos los años, el trabajo se me multiplicó por cinco. Un sábado, me escapé a Harrods para hacer unas compras de última hora cuando de pronto lo vi a lo lejos. Me acuerdo perfectamente, es como si pudiera verlo ahora mismo: Estaba comprando un bote de perfume para una mujer..., recuerdo que por primera vez supe que eran los celos... Incluso repasé mentalmente a las de mi género, para saber para que tipo de mujer podía comprar una colonia tan cara...
Lo más lógico en una situación como esa hubiera sido acercarme a él y presentarme, un rato de charla formal entre profesor y alumna, ya me entiendes; nada del otro mundo. Pero en vez de eso, me quedé clavada en el suelo. Tal era el miedo que sentía, que apenas podía mover un músculo... Sabía que si lo hacía, si me acercaba a él, empezaría a tartamudear, me pondría como un tomate y lo cierto es que esa no era la imagen que querría dar ante él. Así que me escondí detrás de una columna y lo seguí como había visto que hacían en las películas de detectives.-Dijo mientras me miraba de nuevo, y os juro que no hice nada, pero no sé que vio en mi cara que exclamó con cierto tonillo infantil: - ¡¡¡Si, ya sé que es una tontería, pero no pude evitarlo!!!.
Ahora, eso sí, no me esperaba lo que me iba a encontrar.
Pensar que Giovanni podía llevar ese tipo de doble vida en un ambiente como él nuestro en el que todo se sabe era casi impensable; pero por lo visto lo había conseguido. Entre semana era un respetado profesor de italiano y los fines de semana era artista de pep-show. Algo que precisamente descubrí cuando lo seguí aquella tarde por toda la ciudad hasta un nuevo local en el West-End.
- Una mezcla cuanto menos original.-Intervine mientras esbozaba una media sonrisa.
- Si, la verdad es que si, pero chica,... lo cierto es que ese hombre no tenía nada de profesor. Cuando piensas en lo que debe de ser un educador la imagen que se te viene a la cabeza es la de un hombre de mediana edad, inteligente, no demasiado atractivo y más bien calvo. Por lo que Giovanni no se adaptaba en absoluto a esa imagen: Era alto, con un cuerpo musculoso, moldeado por años de gimnasio, piel morena y unos enormes ojos verdes; o sea, el típico tío bueno... Y encima tenía un pené de un tamaño que no había visto en mi vida.-Agregó mientras sus ojos se iluminaban con una luz muy especial.
- Por lo visto te quedaste a ver el espectáculo.
- Si te dijera lo contrario mentiría. Pero te juro que cuando vi en el sitio en el que se había metido pensé que la vista me había engañado. Que no era posible que mi profesor se metería en un lugar en el que se realizan espectáculos eróticos, pensé que me había equivocado ó en ultimo caso, se me ocurrió que tal vez la mujer para la que había comprado el perfume era una bailarina exótica. En cualquier caso, lo más natural hubiera sido dar media vuelta e irme, al fin y al cabo,... ¡qué me importaba a mí! ;... él solo era mi profesor, y nuestra relación se basaba en ello. Aunque la cabeza me gritaba a pleno pulmón aquellas palabras, mi estomago me estaba diciendo algo muy diferente: La curiosidad, los celos, se apoderaron de mí... Y ya sabes lo que sucedió al gato.
Entré en el local con miedo y un cierto respeto; nunca había visto uno por dentro, ni tan si quiera en mi despedida de soltera y la verdad es que me sorprendí. No sé por que, pero la idea que tenía de esos locales era de lugares bastantes cutres, horrendos, en los que un montón de gente iba a contemplar un espectáculo en el que se practicaba todo tipo de perversiones; sin embargo lo que me encontré fue totalmente a esa idea preconcebida: Aquel era un local grande, amplio, bien iluminado, bastante elegante, en la que los artistas y bailarines realizaban su espectáculo en salas con diferentes ambientes a los que entrabas bajo títulos como “los placeres de la Grecia clásica“. Me pasee por todos y cada uno de ellos y la verdad es que apenas podía cerrar la boca... Estaba perpleja. Lo cierto es que ni tan si quiera llamaba la atención, había algunas chicas por allí, así que me mezclé entre ellas para poder despacharme a gusto... Observar sin ser vista, era una especie de droga, de adicción, y lo sabía desde hacía bastante tiempo; pero era algo a lo que no estaba dispuesta a renunciar.
Había una sala dedicada a la Roma clásica, con sus templos, túnicas y demás. No recuerdo porque me paré en ella, pero lo cierto es que me senté al fondo oculta entre las sombras. Supongo que fue porque era la única en la que había público femenino. Todas estaban a mí alrededor gritando como locas; me acuerdo que alguien dijo algo que ahora me sería imposible recordar con claridad; solo sé que cuando la música comenzó a sonar Giovanni apareció en escena. Iba caracterizado como un mafioso, con un bonito traje negro de rayas y un sombrero de ala corta.
Te juro que si en aquel momento me hubieran pinchado, no me habrían sacado una gota de sangre; me convertí en una autentica estatua de hielo. Eso había sido lo último que me esperaba de él, en clase era un hombre tan serio, tan correcto, que eso no me encajaba esa doble vida. Además, los movimientos eran tan sensuales que no sé,... no parecía algo casual, recién aprendido... También he de decir que yo era la menos idónea para juzgarlo. La sensualidad, el erotismo era algo tan abstracto, tan alejado de mi vida, que ni tan si quiera creo que conociera su acepción en el diccionario; pero él era el Espasa-Calpe de ambos mundos, rezumaba ambas cosas, era algo imposible de pasar por alto. Cada movimiento de su cuerpo al ritmo de la música estaba diseñado milimétricamente para excitar la libido de la que le estaba contemplando en su punto justo.
Yo pensaba que desde el lugar en el que estaba sentada Giovanni no me podía ver, pero no se como en algún momento de la actuación me miró directamente a los ojos. Entonces supe que me había visto. Al principio me asusté más que nada porque pareció molestarse, aunque su enfado solo le duró apenas unos segundos; enseguida cambió de actitud. De pronto pareció convertirme en su objetivo, en la destinataria de todo lo que estaba haciendo, lo que evidente me halagó muchísimo; sentí que por primera vez en la vida alguien me dedicaba algo a mí. Quise pensar que cualquier otra mujer en mi lugar hubiera sentido lo mismo, pero me estaba mintiendo.
Cuando la actuación terminó y lo vi completamente desnudo, aluciné en colores. Todo mi mundo se me vino abajo... Recuerdo que quise escapar, irme de allí, volver a mi rutina diaria, a la seguridad de mi antigua vida; aunque no me gustara como había sido hasta ese momento, pero ya era imposible. No había vuelta atrás. Mi vida había dado un giro de 180 grados desde el mismo momento en que pise el local de streap- tease y solo podía mirar hacia delante. Intenté salir del local, pero estaba demasiado mareada y acabé perdiéndome en un laberinto de salas y rostros sin nombre; así que supongo que me convertí en una presa demasiado fácil. Giovanni me encontró cerca de una puerta,... no sé cuál. Pensé que me iba a echar la bronca ó a pedirme que le guardara el secreto, pero en vez de eso me aplastó contra la puerta y me devoró la boca con un ansia que me dejó sin aliento. Creo que eso fue el pistoletazo de salida: A partir de ese momento todo lo recuerdo de forma borrosa, como entre brumas; solo sé que conforme probaba el sabor de sus labios las fuerzas iban abandonándome, las piernas estaban cada vez más flojas hasta que finalmente me convertí en un juguete en sus manos.
Lo siguiente que puedo recordar con claridad es estar con él en unos servicios, no me preguntes cuál, por que no te lo podría decir. Solo me acuerdo de él, de sentir como sus manos recorrían todo mi cuerpo y sus labios devoraban los míos con una voracidad que yo no había conocido en mi vida... En aquel momento se me vino a la cabeza la idea de que tenía que haber una droga en ellos, porque su sabor era adictivo, casi sentía como su sabor iba introduciéndose en mis venas gramo a gramo, segundo a segundo, hasta ocupar cada milímetro de mi ser y de mi alma. Era pecaminoso, como una adolescente a la que abren ante sí un mundo nuevo de placeres desconocidos... Al principio piensas que no va a pasar nada, que puedes controlar la situación, pero pronto descubres que es ella la que te está controlando a ti; que sin comerlo ni beberlo te has perdido en un mundo que ni tan si quiera había soñado que pudiera existir.
Es curioso lo que puedes llegar a recordar a lo largo de la vida, a veces eres incapaz de acordarte de lo más importante, y otras, lo más nimio queda gravado a fuego en tu memoria.Y de aquella noche guardo muchas imágenes, sensaciones y pensamientos; pero hay uno que me llama poderosamente la atención, por la manera en que sobresale entre los demás: la ropa que llevaba... Si, sé que resulta estúpido, que algo tan nimio sea lo que mejor recuerde cuando pasaron tantas cosas aquella noche; pero te juro que casi puedo verla como si la tuviera delante. Y lo más curioso es que en medio de esa vorágine me hice una pregunta que me sonó bastante absurda: ¿Cómo habrá sido capaz de vestirse tan deprisa, cuando hacía apenas unos minutos estaba en el escenario, completamente desnudo?...Era ilógico que aquello hubiera ganado puestos, cuando sus labios, sus manos estaban haciendo un trabajo increíble sobre todo mi cuerpo, despertando zonas, que ni tan si quiera sabía que pudieran existir. Sin embargo, ¿qué puedo decir?, casi puedo notar la gasa de su camisa en mis dedos, ver lo bien que le quedaba, sexy aunque a la vez con cierto toque elegante; muy diferente a la ropa que llevaba cuando daba clase. A través de ella podía ver unos abdominales firmes, bien delineados, unos pectorales que solo había visto en l as revistas; sin embargo como buena curiosa lo que más me intrigada era lo que había más abajo aún, justo debajo del pantalón. Esa barra de acero, que notaba firme, dura, contra mis muslos, infinitamente prometedora.
Para mí el sexo siempre había estado unido a la palabra pudor, temor, dolor y compromiso. Me quedé embarazada la noche que perdí mi virginidad y desde entonces no había disfrutado realmente de lo que eso era. Había oído historias a mis amigas sobre orgasmos múltiples, sobre hombres que las habían satisfecho de mil y una maneras, sobre sexo practicado en los lugares más inverosímiles y la verdad es que sentía envidia; pensaba que nunca sentiría algo semejante, pero estaba equivocada. Con un beso de sus labios. Giovanni, comenzó a compensar todos los años de carencia.
Giovanni me trataba con rudeza, pero no con violencia, no con malos modos sino con una pasión que ni tan si quiera soñé que existiera. Sus labios viajaban por todo mi cuerpo, devorando cada centímetro de piel que encontraba en su camino, rompió mi camisa sin ni tan si quiera desabrocharla. Oí como los botones caían al suelo con un repiqueteo metálico mientras sus manos atrapaban mis pechos y los apretaban con tanta fuerza que pensé que los haría sangrar. Recuerdo sentir el frío metálico de la pila en mis nalgas, al haberme subido él la falda hasta casi la cintura momentos antes, cuando entramos en el servicio. Entonces él apartó tela del sujetador y atrapó el pezón con sus labios; mordisqueándolo, sorbiendo, haciendo que este se fuera endureciendo lentamente. Esa extraña combinación me excitó aún más, -si es que eso era posible-, y es que mi sexo estaba húmedo tanto que pensé que todo aquello no era posible... Yo hasta ese momento, solo me había corrido cuando me masturbaba con el vibrador, así que os podéis imaginar el resto.
Sus manos, sus labios, todo su cuerpo parecía estar hecho para el placer, para el goce de los sentido. Me hizo llegar a cimas tan altas, que ni tan si quiera hubiera pensado que pudieran existir sin ni tan si quiera bajar la cremallera de su pantalón. De pronto, con esa tosquedad tan propia de él, que me volvía loca, me subió en la pila y me aplastó contra el espejo. Acto seguido sus manos estaban en mi falda, bajo ella, a donde me quitó las bragas con un único y rápido movimiento. Recuerdo que se me pasó por la cabeza algo absurdo, como si me había duchado esa mañana ó algo parecido; pero en cuanto su boca atrapo mi clítoris y descendió suavemente por los labios perdí de nuevo el mundo de vista. Sentí como si un castillo de fuegos artificiales explotase en mi sexo y sus chispas se expandiesen por todo mi cuerpo. ¡Dios, como habrían cambiado las cosas si mi marido me hubiese comido el coño de esa forma al menos una vez en la vida!... ¡Tan solo una!.
- ¡Madreee!. - Recuerdo que exclamé sin pensar, casi de forma instintiva.
- Si, eso mismo digo yo... ¿Sabes cual era la verdadera diferencia entre él y mi marido?. - A lo que contesté únicamente con un gesto de cabeza, para incitarle a continuar- Pues que por primera vez en la vida,
alguien me hizo el amor pensando únicamente en mi, en mi placer más que en el suyo propio.
- Pensé que había sido solo sexo.
- Cariño, hasta para follar hace falta amor, quien te diga lo contrario mente... Además, creo que desde el primer momento en que lo conocí sentí algo por él, solo que me negaba a admitirlo por los clichés a los que estaba sujeta.
¿Sabes lo que realmente más me sorprendió?. Que por primera vez no le tuviera que hacer una mamada a un hombre por decreto presidencial. A mi marido lo que más le gustaba las pocas veces que lograba convencerme para que lo hiciéramos era que metiera su pené hasta la campanilla, lo que me repateaba como no te puedes imaginar, porque el tema del cunilingus estaba completamente fuera de lugar. Ni tan si quiera lo podía plantear en la conversación; pero con él no hizo falta, me comió el coño de una forma que nunca me hubiera imaginado, sabía que punto tocar, sabía el ritmo al que tenía que masajearme el clítoris para llevarme a un viaje sin fin. ¡Dios!... Y cuando finalizó, sacó su pené y se masturbó delante de mí. Me acuerdo que me preguntó: “¿Te gusta?”, y cuando le dije que sí moviendo la cabeza, me contestó: “Me alegro, porque está así únicamente para y por ti”.
La expectación me mataba, nunca hubiese pensado que fuera capaz de segregar tantos jugos. Ver como su miembro se ponía duro y yo no podía hacer nada, tan solo morderme los labios era una tortura. Deseaba tenerlo dentro de mí con tanta fuerza, que cada célula de mi cuerpo me dolía de puro deseo, era algo tan intenso que no hay palabras diccionario para describirlo. Ni tan si quiera cuando me pasaba los dedos por mi sexo sentía alivio; deseaba tenerlo dentro de mí y lo deseaba ya... Y cuando finalmente lo introdujo, ¡Dios!... Sí, ya sé que tal vez estaba predispuesta a que eso sucediera, - cosa que era reconocer demasiado, ya que siempre había intentado mantener una actitud abierta ante la vida; sin embargo ella si que debió de replanteárselo, por que enseguida cambio de argumento y añadió: - Es extraño, hasta ahora no había hablado de ello, pero ahora que he comenzado, me doy cuenta de que tendría su cierta lógica, supongo, no sé..., aunque no dejaría de ser una equivocación. Yo hasta ese momento había sido una típica ama de casa inglesa y lo cierto es que ni tan si quiera me había planteado que pudiera haber en todo mi cuerpo un átomo de sexualidad ó erotismo.
Estábamos en los servicios de un local público, así que era normal que mucha gente entrara y saliera, pero yo no era capaz de verlos; mi mente las borraba antes de que ni tan si quiera pudiera procesarlo. Mis ojos solo eran capaces de verlo a él con claridad, de sentir sus caricias, de notar su miembro moviéndose en mi coño, de ver como con cada nuevo movimiento lo acompañaba con una suave caricia sobre mi clítoris, hasta que este estaba tan grande, tan rojo, que parecía una fresa madura a punto de ser recolectada.
De pronto y sin previo aviso me cogió de las manos, me levantó y me dio la vuelta bruscamente, sin apenas darme tiempo a reaccionar, me penetró de nuevo por detrás. Siempre había pensado que eso del sexo anal era un camelo, que era imposible que una mujer pudiera sentir algo cuando se la metían por ahí, pero por lo visto estaba equivocada. Con cada embestida, con cada nueva penetración notaba como si todo mi cuerpo explotara de deseo; deseaba más, llegar más alto, explorar más.
Al girar la cabeza y encontrarse nuestras miradas, me asusté. Al principio no sabía porque, y eso me desconcertó; me hizo sentir incomoda. Supongo que todo había sucedido tan rápido, de una forma tan brusca, que estaba comenzando a sobrepasarme. No sé donde había oído que cuando dejas de hacerlo durante un tiempo recuperas de alguna forma la virginidad, y yo bueno, en cierta forma creo que nunca la había perdido; así que se podría decir que él había sido “mi primer hombre“. Haber si me explico: Era evidente que no lo era, (más que nada porque soy madre; cosa de la que estoy sumamente orgullosa), pero hasta ese momento él único hombre con el que había estado era mi marido, y eso y nada era lo mismo. Crecí con demasiados convencionalismos, demasiadas barreras, y durante un segundo, estando con Giovanni, estos pesaron más que mi estomago, mi instinto decía que debía estar con él. Sin embargo mi cabeza me gritaba que debía huir, irme de allí, volver a una vida que aunque no me hacía feliz, era más tranquila que la que había llevado hasta ese momento, e hice todo lo posible por llevarlo acabo. Pero no medí las consecuencias.
Hasta ese momento la única latina que se había cruzado en mi vida eras tu, y de eso hacia demasiado tiempo; además, entre tu y Giovanni hay diferencias evidentes. -Un toque de sarcasmo demasiado fuera de lugar a mi opinó -... ¡Dios, lo siento, me estoy haciendo un lío!.
- No te preocupes, todos tenemos de vez en cuando un día de eso.
- En los que te levantas un poco espesa. - Intervino Melisa sin dejarme terminar la frase. La verdad es que no pude evitar sentir un cierto punto de empatía con ella, supongo que por mis raíces, por la manera en que habíamos sido educadas ó por que ambas buscábamos en el sexo esa nueva chispa que devolviera a nuestra vida “el picante“ perdido.
¡O tal vez yo también tenía uno de esos días demasiado espesos!
- Exacto. - Afirmó Melissa con rotundidad. - Creo que lo que quiero decir es que la pasión de los latinos me quedaba demasiado lejos para comprenderla; así que el que Giovanni reaccionara con tanta brusquedad, incluso llegando a agredirme, me dejó en estado de schock.
- ¡Espera un momento!. - Exclamé de repente parando en seco la conversación. - ¿Me estás diciendo que te maltrató?.
- No estoy diciendo que me lastimara, sino que aquella vez, en el fragor de la pasión llegamos a las manos. Nos agredimos mutuamente, yo en absoluto permanecí pasiva ; es más, disfruté. El límite entre el dolor y el placer es mucho más fino de lo que te puedes imaginar, créeme. Aquello nos elevó por encima de cualquier limite que pudiéramos haber alcanzado. Nos mordimos, nos abofeteamos, nos besamos hasta que los labios comenzaron a sangrarnos. Probamos posturas imposibles, que ni tan si quiera hubiera pensado que fuera posible. Notaba su miembro erecto en mi sexo, en mi culo, moviéndose fuertemente, sacudiendo todo mi ser. ¿Orgasmo?. ¡Dios!, creo que conocí un nuevo nivel, no había principio ni fin para ello; mi cuerpo era todo uno. No te podría decir donde comenzaba y terminaba cada sensación, cada cosquilleo, cada espasmo, me sería completamente imposible. Y cuando finalmente eyaculó dentro de mí, tuve la certeza de que nada volvería a ser igual.
- ¡Vaya!.
No pretendía decir nada, en ningún momento quise intervenir, sino que Melissa contara su historia sin presiones; pero había momentos en los que no podía evitarlo. Me salía del alma; supongo que pese a haber oído historias de todo tipo, había cosas que seguían impactándome. Tal vez por que aunque intentara no hacerlo, las apariencias, los clichés, lo que creemos de una persona, a veces es más fuerte de lo que pensamos en un principio:
- Yo no lo habría dicho mejor.
- ¿Puedo ser un poco curiosa?. - Volví a inquirir con cierta prudencia pues era consciente de que tal vez me estaba metiendo en camisa de once barras.
- Por supuesto. - Afirmó esbozando una amable sonrisa que me pilló por sorpresa, porque estaba claro que no me estaba mintiendo, es más, que me incitaba a participar en la conversación.
- ¿Te explicó porque se dedicaba al streap-tease?.
- ¿Te intriga verdad?.
- Si, para que te lo voy a negar. No te encuentras muy a menudo con un profesor que se dedica al streap-tease los fines de semana. - Admití sinceramente.
- La verdad es que eso era algo que a mí también me intrigaba, pero tranquila, todo se aclarará a su tiempo. Ten en cuenta que después de aquello tardé en reaccionar, en volver a mi estado normal... Sé que hace mucho tiempo que no nos vemos, tu me conoces, sabes como me he criado y como era yo, por lo que hacer algo semejante no era demasiado normal; echar un polvo, entre comillas, - añadió acompañándolo del gesto -, era algo que nunca antes me hubiera planteado. No sé, creo que en mi vida me he sentido tan perdida, te juro que no sabía que hacer; por una parte volver a casa con mi marido, a una vida que nunca me hacía feliz, me daba autentico pánico. Sin embargo, la otra opción, el otro camino que Giovanni me acababa de mostrar me daba aún más miedo.
Por suerte, él tenía la cabeza más clara que yo y supo actuar con mayor sensatez: Mientras nos vestíamos no dijo nada, pero en cuanto recuperamos la compostura, me tomó de la mano, me sacó del servicio y me llevó hacia el piso superior; a donde estaban situadas las oficinas. Yo no sabía muy bien que pintaba allí, pero tampoco puse demasiada objeción; lo único que tenía claro en ese momento era que no querría volver a casa en ese momento. Giovanni abrió varias puertas, pero por lo visto estaban ocupadas porque enseguida las cerró y continuó con la siguiente hasta que finalmente encontró un despacho vacío en el que nos metimos. Allí, me sentó en un sofá y con él frente a mí, me confesó que se había sentido atraído por mí desde que le caí encima y que de no haber averiguado enseguida que estaba casada, habría hecho todo lo posible para convertirme en su pareja. Por eso se había mantenido alejado durante todo este tiempo. Sin embargo, aquella tarde, cuando me descubrió entre él publico que estaba viendo el espectáculo, no pudo resistir la tentación. Me dijo que lo sentía mucho...
- ¡¡Uuuuuffff!!... Menudo palo. - Intervine sin dejarle terminar.
- No estuvo demasiado acertado el chico, hay que admitirlo; pero en el fondo comprendí su situación. Poniéndome en su lugar, yo tal vez no hubiera hecho lo mismo, y simplemente me hubiera limitado a sufrir en silencio. Ten en cuenta que si seguía adelante tendría que cargar con una ama de casa ignorante y con un niño de apenas ocho años. Lo mires por donde lo mires no era nada fácil para un hombre soltero y sin compromiso, pero aun así siguió... Me preguntó si estaba dispuesta a cambiar, a arriesgarme a tener algo con él.
Te juro que me tuve que morder la lengua para no decirle que sí inmediatamente, pero al final, mi cabeza pudo más que mi corazón y le dije que no podía tomar una decisión precipitada. Primero tenía que conocerlo mejor y no tan solo como profesor, sino también como persona y luego ya veríamos. Lo cierto es que estaba casi segura de que había metido la pata al plantearlo de semejante forma, ¡pero no!, por lo visto si que le gustaba de verdad, y estaba dispuesto a seguir adelante.
Después de aclarar las cosas entre nosotros, me llevó a dar una vuelta por el local mientras me explicaba la historia de su familia: Me dijo que se habían dedicado al negocio del erotismo desde hacía generaciones, y por lo visto les había ido muy bien; ya que estaban extendidos por muchos países. Tenían locales de pep-show, restaurantes eróticos e incluso unos primos suyos habían montado una productora y se dedicaban a rodar películas porno.
- ¿Y que pintaba él en todo eso?. - Pregunté con cierta curiosidad.
- Por lo visto él era la oveja negra, el único de toda su extensa familia que no había querido entrar en el negocio familiar. Me contó que el erotismo era algo natural en él tal vez porque lo había mamado desde la cuna, que por la forma en la que lo habían educado veía el sexo como un acto natural e ira incapaz de ponerle las limitaciones que el resto de los mortales hacían; pero nunca había deseado dedicarse a él. Es más, desde muy joven intentó ganarse la vida con otros trabajos... Aunque si era necesario ayudar lo hacía, como lo había hecho ese día, sin embargo no era algo a lo que querría dedicarse las veinticuatro horas del día.
- Y eligió la docencia.
- Exacto... Por lo que me explicó él había sido el único de todos sus hermanos que no había querido entrar a trabajar en los negocios de la familia, - si que se había pagado la carrera como streaper, pero una vez terminado los estudios y encontrado su primer trabajo en un instituto, lo dejó -. Lo que le llevó a tener una bronca con su padre horrenda; durante mucho tiempo no se habían hablado, aunque finalmente hablaron y lograron aclarar sus diferencias. Me dijo que ellos eran muy importantes par él, y que por eso continuaba ayudándolos cuando era necesario; “la familia es la familia” no paraba de decir. Supongo que el concepto era demasiado diferente: Para mí era un nido de limitaciones y frustraciones, mientras que para él era un lugar al que siempre regresa... Bueno, también creo que le gustaba trabajar allí, pero como hobby. Si, creo que esa es la palabra: El erotismo para Giovanni era un hobby.
(¡Menudo hobby!. Recuerdo que pensé en aquel momento, pero por suerte aquellas palabras no salieron por mi boca; de ser así, no sé como se lo habría tomado Melissa).
Todo lo que sucedió me dejó perdida, sin rumbo: Habían sido demasiadas impresiones, demasiadas sensaciones, demasiados descubrimientos(Giovanni, el streap-tease, el local de espectáculos eróticos), en un espacio de tiempo muy breve. No sé, era bastante para digerir de una sola vez.
Durante el tiempo que estuvimos charlando en aquel despacho, nos interrumpieron solo una vez; era su hermana menor Andrea. En cierta manera fue como un encuentro providencial; como si Dios la hubiese puesto en mi camino para indicarme algo. Tal vez de no haberla conocido precisamente entonces, en medio de todo aquel mare mágnum emocional, no me abría atrevido a realizar todos aquellos cambios que transformaron mi vida... No sé, pero, cuando la vi, fue como mirarme en un espejo y descubrir en ella la persona que yo siempre había deseado ser:
Veras, me explico, para empezar teníamos más o menos la misma edad y a simple vista hubiéramos podido pasar por gemelas; no me refiero a nivel físico, pero sí de nuestras vidas: ambas nos habíamos casado cuando apenas éramos unas adolescentes, nos habíamos convertido enseguida en buenas madres, inteligentes y con un cuerpo medianamente decente. La diferencia era que yo no pasaba de ser la típica ama de casa frustrada, mientras que ella, cada noche, dejaba a su hijo con la niñera y se marchaba al local de la familia para realizar su espectáculo. Realizaba un número erótico con su marido, y ocasionalmente se subía a la plataforma para hacer streap-tease.
Eso fue la puntilla final. No sé, supongo que para la educación que me habían dado, eso era algo inconcebible: El que ella, con los mismos comienzos que yo hubiese sido capaz de encontrar su lugar en el mundo en el escenario de un pep-show, mientras por el día se ocupaba de su familia, era algo que por muy encomiable que pudiese parecer, no me era fácil comprender. La verdad es que por mucho que nos pudiésemos llegar a parecer, había algo que nos hacía completamente diferentes: Andrea había conseguido ser feliz, llevar una vida que le hacía sentirse plena, mientras que yo, bueno mi vida merecía un capitulo aparte en el libro de los horrores existenciales.
Creo que cuando me marché aquella tarde, yo no era la única que tenía que digerir unas “cuantas cosas“; por mucho que lo negasen, Giovanni y su hermana se habían quedado bastante sorprendidos cuando les hice un breve relato de lo que había sido mi vida en los últimos tiempos. Aunque si te soy sincera, creo que para ellos era más difícil de comprender que para mí; el que mi propia familia fuese capaces de poner límites a mi felicidad era todo un misterio para ellos, Mientras que en su caso, eran precisamente los de su propia sangre los que ayudaban a los más jóvenes a que se convirtieran en personas felices y plenas.
Volver con mi marido y mi hijo después de todo lo vivido no fue nada fácil, te lo aseguro; de no haber sido por el pequeño, tal vez no lo hubiera hecho. Y en cuanto a Jamie, ¿qué te puedo decir?. El entrar por la puerta y ver como se pavoneaba delante de mí con sus aires de macho italiano, me daba tres pataditas en la boca del estomago. Pero lo peor fue cuando aquella noche vinieron unos amigos a cenar, y lo pillé alardeando de su nueva conquista cuando creía que no le oía. Eso me dio ganas de pasar su cabeza por el turmis o mejor la polla, al fin y al cabo para lo que le servía, apenas lo iba a notar.
Cuando dijo eso un par de miradas cómplices nos cruzamos y automáticamente una sonora carcajada estalló que retumbó en todo el bar. Pero cuando logramos serenarnos, Melisa me miró con una cierta mirada melancólica y agrego:
- Pero por suerte, las tornas estaban a punto de cambiar.
- Yo más bien diría que ya habían cambiado. - Afirmé rotundamente. - Al fin y al cabo se necesita mucho valor para hacer lo que hiciste Melissa, ¿te molestaría si te pregunto que hiciste a partir de entonces?.
- Lo cierto es que al principio nada; estaba muy asustada, no sabía que hacer. Incluso dejé de asistir a la escuela durante unos días y fingí una enfermedad inexistente. Necesitaba pensar en cual debía ser el primer paso a partir de ese momento. Era obvio que la vida que había llevado hasta entonces no me había hecho feliz, pero tampoco estaba a gusto con la persona que había sido hasta entonces. Urgía un cambio radical, era algo que ya no admitía más demora; sin embargo, plantearse eso cuando eres madre de un niño que está a punto de recibir la primera comunión no es fácil.
Me costó tomar una decisión bastante, pero finalmente lo hice un día, me quedé la última en su clase y cuando me quedé a solas con él, intenté explicarle porque me había comportado de semejante forma. Pero el no me dejó terminar la frase, simplemente me dijo:” lo comprendo”, y añadió: “yo solo quiero estar a tu lado. ¿Me dejarás?”... ¡Dios!, como iba a decirle que no después de semejantes palabras. Aunque no he de negar que aquello me dejó alucinando en colores; no podía comprender como un hombre tan atractivo como él se había fijado en una mujer como yo. Tu me conociste entonces y con los años no mejoré demasiado. Es más, la maternidad me volvió más mediocre, más del montón; supongo que por eso comencé por haciendo pequeños cambios en mi apariencia: Perdí los kilos que el embarazo me había puesto encima, comencé a ir al gimnasio, me aclaré el color de pelo, comencé a utilizar maquillaje... No sé, las cosas típicas que toda mujer hace para cuidarse.
Era evidente que un cambio semejante no pasaría desapercibido a los ojos de los que me rodeaban, sin embargo lo gracioso fue que lo percibieron de una manera diferente a como era en realidad: Para ellos, había realizado esos cambios, me había puesto así de guapa, para retener a mi marido a mi lado.